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Momentos estelares
noviembre 9, 2009

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Estamos de exámenes. Se inventaron una semana en medio de noviembre para hacer exámenes parciales. Nada de lo que ocurre aquí tiene sentido. Tuve que hacer un examen de inglés dos días seguidos. Un viernes y un sábado. El primer día pusieron 10 preguntas y el segundo 40 preguntas. Lo que yo me preguntaba era por qué no podían poner todo el mismo día y en el mismo examen. Nadie supo darme una respuesta razonable. Al parecer los turcos aceptan lo que les viene y aceptan a la autoridad como algo incuestionable y a mí eso me saca de quicio.

Pero a veces hay momentos mágicos que te descolocan por completo.

Estaba en clase de video-arte. Los alumnos estaban proyectando sus videos. La clase era en turco, pero el profesor de vez en cuando decía algo en inglés para los erasmus. No importaba demasiado, tenía un turco al lado que me traducía todo lo que iban diciendo. Los videos que se proyectaron fueron lamentables. Auténticas mierdas del tamaño de un piano que si yo fuera el profesor no sólo los suspendería, sino que haría todo lo posible para que los expulsaran de la universidad.

Un alumno hizo un video que trataba de su coche. Decía que el coche era su vida y lo único que grabó fueron planos de su coche  aparcado en una calle cochambrosa. Luego lo conducía y hacía unos cuantos derrapes. Al principio pensé que se trataba de una broma, de una parodia de un bacala turco, pero no, el tío era así en serio y me dieron ganas de vomitar.

En medio de las proyecciones el profesor se levantó y preguntó quién quería un çay o un café. Los alumnos comenzaron a levantar la mano. Yo me pedí un té. Todo el mundo se pidió algo. Éramos unas 15 personas en clase. Entonces se levantó un alumno y volvió enseguida. A los dos minutos apareció una becaria con una bandeja llena de tés y nos lo fue poniendo uno a uno en la mesa. Después nos lo tomamos mientras el profesor ponía más videos.

Me encanta que me ofrezcan té en todos los sitios. Uno de los primeros días en la universidad, estando en secretaría esperando también me ofrecieron un té, o mejor llamarlo çay. Da muy buen rollo que te ofrezca eso en plena espera. Son de ese tipo de cosas que nunca harían en España. Lo que también es increíble es que en las tiendas, cuando vas a comprar, también te ofrezcan bebidas. Una vez entré a mirar muebles y el hombre me sirvió un çay. Otra vez entré a otro sitio y el hombre me ofreció cualquier cosa para tomar. Siempre es gratis, podía pedir Coca-Cola, o agua o té… esas cosas me encantan de Turquía.

En los restaurantes también te ofrecen çay después de las comidas y nunca te los cobran. Es costumbre regalarlo. En España, sin embargo, cobran los cafés a precios abusivos en los restaurantes. De hecho, según me comentó un amigo hostelero, los cafés y los licores al final de las comidas son los productos con los que mayor margen de beneficio obtienen.

Lo gracioso de todo esto es que voy a restaurantes y como por 2 euros y me pongo las botas. Exactamente lo mismo que te cobran por un café en España.

Un día más
noviembre 4, 2009

Escribo desde el presente. Se me han acumulado tantas vivencias que no puedo contarlas todas de un tirón. Son demasiadas. Pero prometo que haré constantes flashbacks para contar lo que ha ido sucediendo a lo largo de este mes y medio en Turquía.

Aquí ya ha llegado el frío. Hemos tenido temperaturas de -3 grados y no lo soporto. No me he traído una buena chaqueta y por necesidad voy a tener que comprarme una cuanto antes.

Para colmo vivo lejos de la universidad. Tengo que caminar media hora para llegar. Ayer salí de casa con la intención de ir a la clase de basic fotography y fue una aventura. Primero paré para comerme algo en uno de los millones de sitios que venden kebaps, aunque ninguno de los kebaps aquí es parecido a los que se venden en España. Si algún día venís sabréis por qué.

Pedí un tantuni y una cocacola. Curiosamente la cocacola me costaba más que el propio tantuni. El tantuni es un bocadillo, aunque también lo puedes pedir en dorum. Me costó el equivalente a 80 céntimos de euro, y la cocacola me costó un euro.

El del local ya me conoce, he ido a comer muchas veces y el tío ya me dice palabras en español. Yo trato de hacer lo que puedo en turco, pero por suerte es uno de los escasos turcos de a pie que sabe unas nociones básicas de inglés. Por lo general, cuando preguntas a algún turco de una tienda si saben algo de inglés te dicen que un poco. Luego les hablas en el vocabulario más simple que puedas emplear y se te quedan con cara de alucinados. No sé para qué dicen que saben hablar un poco si luego no saben nada. Al parecer sólo saben decir “A Little”.

Después me fui a la universidad, que está al norte de la ciudad, tengo que atravesar una calle inmensa, con mil tiendas, con mil negocios, con dos mil escaparates y llena de gente. Luego tengo que cruzar una zona que está en obras que parece un campo de minas de Vietnam. Lo más curioso es que a veces te hacen pasar por medio de la obra, entre los caminos que trabajan y ni siquiera colocan unas maderas ni una barrera de protección. Están haciendo un túnel subterráneo y al día pasarán más de veinte mil personas por esa calle para ir a la universida.

Lo peor de esas obras que llevan desde que llegué aquí son los días que llueve. Un día llovió y me hundí de fango hasta el tobillo. Aquello daba un asco indescriptible y te dan ganas de coger a todos los turcos y enseñarles un mínimo de civismo y de cosas que jamás deberían hacer. Aunque luego lo pienso y creo que en España también se pasan con las mismas cosas.

Cuando llego a la puerta principal de la universidad tengo que sacar la identificación para entrar. En la puerta está lleno de guardias de seguridad, pero estos al menos no están armados, como en la mayoría de sitios donde hay vigilancia. Da mucho reparo ver a alguien que te está esperando con una metralleta en la mano. Siempre que paso por al lado de un edificio militar me pregunto si el de la metralleta no tendrá un mal día y decidirá descargar todo su cartucho sobre mi persona. Les enseño la identificación, que ni la miran, y paso sin más. Por suerte esta es una de las universidades más pacíficas de Turquía. Me contaron que en las otras universidades siempre hay altercados con kurdos, y siempre se están pegando entre distintos grupos de asociaciones juveniles de radicales. Aquí sólo he visto a unos cuantos perroflautas manifestándose sin que nadie les prestase la menor atención. Mejor así.

Cuando entro tengo que subir una cuesta interminable, que invita muy poco a ir a la universidad. Tenrá unos 150 metros, pero es muy dura, sobre todo cuando se recorre a las ocho de la mañana y sólo piensas en lo bien que estarías en la cama tocándote los cojones.

Llego a mi facultad, que por suerte es una de las primeras que hay al entrar. Hay otras que están mucho más lejos y para llegar a ellas hay que caminar al menos veinte minutos más.

Subo al primer piso. Entro en el aula donde se dará la clase y me veo un cartel que dice que la clase se ha cancelado. Uno en estos casos se queda con cara de gilipollas. Sobre todo por el hecho de haber caminado tanto y hacer tanta mierda para nada. Por el valor académico no me preocupa. En basic photography están enseñando lo que es el diafragma y el obturador y gilipolleces similares. Me interesa más la clase por aprender a decir todas esas palabras en inglés que por el propio contenido, el cual ya habré estudiado en al menos tres asignaturas más.

Bajo a la cafetería. Allí me tomo un chocolate y se me acerca un turco. Ya hablé con él la semana pasada en clase. Me presenta a su novia y a varios amigos. Me invita a ir a su casa a jugar al pro. Le digo que no tengo nada mejor que hacer y que me parece un plan perfecto. Es un tío peculiar. Saluda a todo el mundo en la universidad y dice de sí mismo que es el más famoso de la universidad. A mí me hace gracia por lo flipado que está.

Antes de llegar a su casa, mantuvimos una conversación en un inglés lamentable. Cualquier anglosajón se retorcería de dolor si escuchase nuestra conversación. Pero nos entendemos, y eso es lo importante. Le acompañaba otro turco y su novia. Se pararon en una tienda y me preguntaron qué quería de beber y de comer. Les dije que nada. Al parecer los turcos no entienden bien el significado de nada. Porque insistieron muchísimas veces en decirme que les pidiera algo de comer y de beber y hasta que no lo hice no se callaron. Al final elegí un paquete de papas que me ofrecí a pagar y el turco se lo tomó como una ofensa. Sacó él el dinero y lo pagó diciendo que yo era el invitado y que en su casa los invitados tenían que estar tan a gusto como en su casa.

Llegamos a su casa y fuimos a la habitación. Vi sus posters. Alguno del Padrino, American History X, hablamos de películas. Pero entre todos los posters de buenas películas había un poster de Tokio Hotel que al verlo me dieron ganas de irme de la habitación y hizo que le perdiera todo el poco respeto que le podía tener al turco.

Encendió la play y jugué contra el anfitrión y su amigo. Una partida la perdí y la otra la empaté. Al parecer cuando juegan al Pro no tienen mucha tradición de jugar la prorroga y los penaltis, aceptan el empate tal cual. Eso es inconcebible en España. Siempre debe haber un ganador o si no desaparece el pique.

Luego dejamos de jugar y comenzamos otra conversación. Le pregunté por qué Ankara era la capital de Turquía y no Estambul. Me dijo que era una muy buena pregunta y se dispuso a contestarme. Me sacó un mapa de Turquía y comenzó a explicarme la historia de Turquía desde el siglo pasado. Estuvo una hora contándome los entresijos de la primera guerra mundial, de las conquistas de Ataturk y de las batallas que se libraron. Al menos aprendía algo.

Luego le dije que quería aprender frases en turco y le pregunté unas cuantas. Yo me las apunté en la libreta y, como siempre, luego me enseñó insultos. Pero eso ya fue cuando se fue la novia. Cuando dijo que me iba a enseñar insultos la chica se ruborizó y se tapó los oídos. Tienen una delicadeza extrema y preocupante. Está muy mal visto decir alguno delante de una mujer.

Luego me dio clases de ligue. Le dije que no me interesaba. Pero comenzó a enseñarme todo lo que tenía que decirle a una turca para ligármela. Pero no me interesaba demasiado, pero él insistía mucho, quería a toda costa que aprendiera ciertas palabras. Cuando las pronunciaba en mi mal acento turco todos se descojonaban, es probable que me estuviese tomando el pelo para reírse, pero no me importa, al menos se reían a mi costa.

Luego me enseñó su equipo de football manager, pues le dije que era muy aficionado. Y comenzó a enseñarme con orgullo sus fichajes y sus ventas. Y una cosa muy curiosa es que luego me enseñó los videos que tenía en su ordenador. Todos eran de aficionados del Ferenbaçe cantando. Yo no lo entendía al principio, pero los turcos tienen la costumbre de ver ese tipo de videos y de fliparse en casa viéndolos. El turco que vive conmigo, cuyo nombre es Mete (vaya gracia), también se los pone de vez en cuando y se pone a entonar cánticos de fútbol similares a voces mohicanas y no le veo el sentido. Pero no le veo el sentido a muchas de las cosas que hacen y eso a veces (sólo a veces) es divertido.

Por la noche fui a una fiesta sorpresa para un turco que vive con unos compañeros españoles. Era su cumpleaños y decidieron meter a 30 personas en un piso. Odio mucho esas fiestas. Ni se puede hablar ni se puede hacer nada. Son todo lo contrario a divertidas. Pero bueno… tampoco tenía nada mejor que hacer.

En cierto momento bajé de la fiesta y un turco me abordó por la calle. Me hablaba en turco y yo no le entendía. Me señalaba con el dedo al apartamento de la fiesta y me seguía hablando en turco. Le decía que no le entendía y me hacía el loco. Pero luego hizo el gesto de dormir y le entendí, pero hice como si no le entendiera y le dije que fuera a hablar con la gente, pero él tampoco me entendió. A todo eso escucho el pitido del tranvía. El hijo de puta me había parado en medio de la vía y vi las luces del tranvía a 10 metros y tuve que apartarme rápidamente para que no me atropellara.

Y es que es difícil tener un día en Turquía en el que no estén a punto de atropellarte.

Es difícil sobrevivir en Turquía.