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Diario de India. Capítulo 3. El Entrenador Personal.
marzo 17, 2010

“¿Quién me mandaría meterme aquí?” me preguntaba tirado en la cama del hostal. Estaba cansado. Me faltaban horas de sueño y, sobre todo, estaba saturado hasta el límite. El paseo por Nueva Delhi me había dejado muerto. No entendía nada. Ni siquiera sabía dónde podía comer. Leí que había que escoger bien los lugares donde comer, porque cualquier lugar con poca higiene podría provocar una mala diarrea en el viajero. Los puestos callejeros daban miedo. La comida que servían estaba llena de moscas y los antros donde cocinaban eran auténticos cuchitriles infectos.

Conseguí un hostal por mil rupias la noche. Era el más decente que vi tras buscar en varios. Cada cual que me enseñaban era peor. El buscavidas que me acompañó se llevaría una buena comisión. Salí a dar un paseo y todo el mundo me asaltaba. Leían en mi cara que yo era novato y era fácil de timar. Por suerte tengo la costumbre de ser rata y si hay algo difícil en este mundo es sacarme el dinero. No lo consiguieron ni los vendedores de relojes, ni los agentes de viajes, ni los encantadores de serpientes, ni los timadores en la puerta de la estación de trenes, ni nadie. Todos, absolutamente todos, querían sacarme el dinero. Incluido un buen indio que se me acercó, me dijo que tenía una agencia de viajes y que podía ayudarme. Este sinvergüenza me pidió nada más y nada menos que mil euros por una ruta por India. En cuanto me dijo el precio me levanté amablemente, me despedí y me fui. Que le den por el culo.

La primera impresión que da la India te hace reflexionar mucho. Ya se sabe que el mundo está mal repartido. Continuamente escucho esta expresión cuando una mujer habla de las tetas de su amiga y ella quisiera tenerlas igual, “Qué mal repartido esta el mundo” dicen con envidia mientras miran las grandes tetazas de su amiga. “Qué mal repartido está el mundo” dice uno cuando ve que su amigo se está tirando a un bellezón y él no. Efectivamente, el mundo está mal repartido. Pero en India se dejan de lado esas insignificantes, burdas e injustas malas reparticiones del mundo de occidente para alcanzar su máxima expresión. Te das cuenta desde el primer día que la pobreza asola todo el paisaje, la pobreza te envuelve, la pobreza lo es TODO y nadie tiene NADA. Realmente afecta ver a niños mugrientos que se te acercan a pedirte limosna y te enseñan los muñones o ver a una madre paseando con su hijo raquítico, tendiéndote la mano y mirándote fijamente a los ojos y a la que tienes que esquivar porque se te cruza en el camino. Uno no sabe qué hacer en esas circunstancias. Yo siempre huyo hacia delante, pero tengo un gran defecto: no puedo dejar de mirar. Miro demasiado y ellos lo saben. Soy una persona que no aparta los ojos de la pobreza. No dejo de mirar cuando alguien pide algo. Le ignoro sí, pero le observo. Estoy viendo su alma. Trato de ver su expresión. Trato de comprender. Trato de encontrar un porqué. No lo hay. O quizás sí… esa explicación es que el mundo está mal repartido. Pese a lo que digan las mujeres sin tetas o los pichacortas de occidente, ellos siempre van a tener la mejor parte de una tarta que nunca han visto entera.

Es imposible que después de haber visto tanta miseria no te resulten ridículos los problemas cotidianos y las quejas habituales de la gente que vive atrapada en sus oficinas. El mundo, después de India, es mucho más despreciable de lo que era antes, y ya es decir.

Decidí dormir una buena siesta en el hostal. Estaba muy cansado. Luego salí con la intención de explorar la ciudad. Quería ver la Jama Masjid, la mezquita más grande de India. Estaba cerca de donde me alojaba. Así que me subí al primer ciclorickshack que se me acercó. Le dije de ir a la Jama Masjid y acabó llevándome a la puerta de una casa de putas en un barrio todavía peor de lo que ya había visto antes.

– ¿Dónde me has traído? – le pregunté en inglés.
– Enjoy, enjoy -me dijo mientras hacía el gesto de follar con una mano y me señalaba a un piso.

Traté de explicarle que yo pasaba de eso y es cuando descubrí que no entendía nada de lo que le decía. Luego se me acercó un buscavidas y me dijo que las putas estaban a buen precio.

– ¡Pero que yo no quiero putas, yo lo que quiero ver es una mezquita! -grité.

No me entendían, o hacían como que no me entendían. Le dije al chavalín de la bicicleta que me dejara donde me había recogido. A la mierda la Jama Masjid. Era lo que me faltaba. El chavalín se empeñaba en hablarme en hindú y yo tan sólo le decía que no le entendía nada. La comunicación fue difícil, sobre todo porque por su parte no tenía ganas de escuchar. Llegamos a Main Bazar de nuevo y me pide 150 rupias.

– Pero esto no es lo que acordamos. Me dijiste 20.
– Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla One jundret fifty rupies.
– ¡Eres un ladrón! ¡Cabrón! Eso no es lo que me dijiste.

Entonces todavía no sabía negociar. Más tarde aprendí a hacerlo. Pero pensaba que si te decían un precio tenías que pagarlo. En la India las cosas no siempre funcionan así. Le di las 150 rupias, unos tres euros por un paseo completamente inútil y me fui a buscar un restaurante.

Pasaron unos turistas y me acerqué a ellos para preguntarles dónde se podía comer bien. Imaginé que ellos lo sabrían porque llevaban guía. Entonces me sentí estúpido porque les saludé y pasaron de mí. Se pensaban que yo era un buscavidas más de los que continuamente les asataban y ni siquiera me miraron a la cara. Me ignoraron por completo. Tuve que preguntar a otros y me dijeron un sitio. Era un buen local en el centro de Main Bazar. Tenía vistas a una placita que estaba llena de vacas sagradas. Me dieron la carta y no sabía qué pedir así que le pregunté a la camarera cuál era su plato favorito. Pollo al curry. ¿Picante? Poco picante, por favor. No sé qué entenderán los indios por “poco picante”. Siempre está muy picante, digas lo que digas.

Luego salí de allí y me puse a pasear entre la gente. Aquello seguía sorprendiéndome. La información acumulada que recibían mis ojos cada segundo era incalculable. Una de las cosas que más me llamó la atención fue ver a un muerto de hambre, completamente raquítico, que se había comido medio pan y el otro medio se lo daba de comer a una vaca ambulante. No me podía creer, a esa persona le hacía faltaba comer mucho más. Luego las mismas vacas, con su elegancia y su tranquilidad, se acercaban de vez en cuando a una tienda de comida y comenzaban a comer del género, robaban alguna fruta o cualquier cosa y el tendero salía con un palo, les daba dos golpes en el culo y se alejaban con su bolsa de frutas.

Y entonces conocí al segundo ángel de la guarda del viaje: El Entrenador Personal de Barcelona. Era el primer español que veía desde que estaba en India. También viajaba solo. Acababa de llegar. Había buen rollo. No dudé ni un instante en decirle que yo tenía un hostal que podíamos compartir. Aceptó. Estaba claro que ninguno de los dos éramos homosexuales. Él era otro colgado de la vida que, como yo, había emprendido su viaje en solitario por la India. Pero él se iba a hacer un cursillo de masajes por el sur. Es curioso porque el Entrenador Personal trabajaba para oficinistas sin tiempo y con mucho dinero que querían ponerse en forma. Pero también fue mi Entrenador Personal de cómo manejarme en India. Era un hombre de mundo. Había viajado mucho y sabía a la perfección cómo tratar con la gente. Para mí fue un salvador.

Dormí mi primera noche en India y al día siguiente nos levantamos pronto para ir a ver el Fuerte Rojo de Delhi. Cogimos otro cicloricksack y el Entrenador Personal regateó. Le dijo que 50 rupias para ir hasta allí y punto. No rechistó. Por el camino le hacíamos parar y tomábamos fotos. Llegamos al lugar.  Teníamos hambre porque no habíamos desayunado y allí dentro había un pequeño restaurante. Yo pedí de todo un poco y un chai. Me lo zampé. Luego preguntamos cuánto valía al que estaba en la barra. Nos señaló hacia la puerta donde había un señor que estaba en un mostrador al lado de la puerta. Veo que el Entrenador Personal en vez de pararse en el mostrador sale por la puerta, le sigo.

– ¿Pero ya has pagado? -le pregunté.
– ¿Qué voy a pagar? A ver si encima de que pregunto cuánto vale voy a tener que estar de un lado a otro para pagar. ¿No te das cuenta? Estos ni se enteran de que nos hemos ido.

Así era. Nadie se dio cuenta. Era nuestro primer simpa. Estuvimos haciendo fotos por allí dentro y de nuevo se acercó otro buscavidas. Este decía que era guía turístico oficial y nos preguntó si queríamos un guía. No le contestamos ni le dijimos que no y nos siguió y comenzó a explicarnos todo.

– Oye, que este nos está explicando todo. Luego le tendremos que pagar 150 rupias que ha dicho -le dije.
– No pasa nada, yo no le he dicho que quiero guía ni tú tampoco. Luego no le pagamos nada y ya está. A esta gente le da igual.

Fotos y más fotos. Algunas cosas interesantes. Construcciones curiosas. Lo más divertido era ver a los indios pasear por allí y hacerles fotos. También me hice fotos con unos niños que se pusieron conmigo como si yo fuera una estrella del rock. El guía era de los que entra como turista y luego intenta sacar dinero explicando cosas a los turistas. Un buscavidas más.

Llegamos al final y el guía nos dijo que eran 150 rupias.

– Yo no te he dicho que quería guía -le dijo el Entrenador Personal.
– ¡Pero es mi trabajo!

A mí me supo mal. Le dije que deberíamos pagarle. Que no podemos hacer eso.

– Vale, vale -siguió el entrenador persona- toma 50 rupias.
– Pero son 150 rupias, soy guía oficial de aquí.
– Sí, sí, venga, toma 50 rupias y te callas.
Sacó un billete de 50, se lo dio, protestó un poco, pero se fue.

– ¿Ves? Si esta gente cobra como mucho un euro al día. Este ya tiene el día de hoy arreglado -decía con total descaro.

Salimos de allí y un conductor de ciclorickstak nos asaltó. No quería cobrar por un recorrido por el centro de una hora 300 rupias. Pasamos de él aunque seguía detrás de nosotros ofreciéndonos precios más bajos. Llegamos a la puerta y estaba lleno de cicloricktacks.

– ¿Quién me hace un recorrido por 50 rupias una hora? – preguntó el Entrenador.

Salió uno de tantos ofreciéndose. Entonces el de las 300 rupias comenzó a gritarle algo así como que éramos de él, que no se los quitara. Él que se ofreció le contestó de mala manera. Nos sentamos en su bicicleta y al timador de 300 rupias le decíamos que eso le pasaba por tratar de engañarnos con el precio. Entonces le soltó un puñetazo a nuestro conductor, él bajó de la bici y comenzaron a pegarse entre ellos a puñetazo limpio. El Entrenador Personal parecía disfrutar de la situación y les estaba animando a darse más fuerte. Yo simplemente estaba boquiabierto flipando en colores, aunque quise coger la cámara para hacer fotos pero no me dio tiempo.

Al final salimos de allí con nuestro luchador. Haciendo bromas todo el rato de que era un buen boxeador. Tenía la boca sangrando pero era un valiente. Visitamos un templo jainí. El cura que estaba allí nos hizo de guía. Nos descalzamos, nos obligó a lavarnos las manos y a quitarnos cualquier cosa de piel que teníamos para poder subir al primer piso. Uno de los impedimentos para subir al primer piso es que las mujeres con la menstruación no pueden entrar. Tócate los cojones. Al terminar el recorrido el tío nos pidió 150 rupias a cada uno por hacernos de guía. Pensábamos que era gratis. Yo le dije que no tenía dinero, que yo no era un turista, que yo era un viajero, y al final opté por darle 10 rupias y se quedó satisfecho tras mucho insistir. El Entrenador Personal le dio 10 rupias más y adiós muy buenas.

Luego visitamos otra mezquita. Allí hablé con unos niños musulmanes que resultaron ser los que mejor sabían inglés de toda india. Al parecer los musulmanes de India tienen muy buena educación, o al menos esa impresión me dio. En la mezquita estaba dando una charla un gran imán que venía de Irán, parecía ser importante, según me dijo el niño. También me preguntaron de qué religión era. No sabía qué contestar. No me gusta decir que soy católico. Así que opté por decirle que no tenía religión, que es como realmente me siento. Le dije que entre Dios y yo no había intermediarios y me quedé tan ancho.

Luego nos hicimos una foto juntos:

Fuimos al mercado de las especias. Nos perdimos por unas callejuelas y allí volvieron a ofrecerme putas. Pasé de ellos. Parecía que era lo único que sabían decir en inglés. Hice unas cuantas fotos al lugar y salí de allí. No había nada interesante.

Era el momento de ir a Agra. El Entrenador Personal se venía conmigo y más tarde se largaría al sur de India y yo seguiría con mi ruta sin itinerario.

Llegamos a la estación de tren para comprar el billete y aquello fue la mayor locura que vi nunca. Era imposible comprar el billete. Nos mandaban de un lado a otro. Luego no sabíamos cuál era el andén del tren y era dificilísimo saberlo. Ningún panel lo indicaba y cuando preguntabas a alguien te sonreían y movían la cabeza de un lado a otro como gilipollas. Es una expresión muy típica el movimiento de cabeza de los indios. La estación estaba repleta de gente. Se dice que en India se desplazan 14 millones de personas diarias en tren y que Indian Railways es la segunda empresa del mundo en número de trabajadores. No pudimos comprar un billete para la segunda clase y tuvimos que ir en tercera. Una de las experiencias más alucinantes de mi vida.

Llegamos al andén no se sabe bien cómo. Pasó el tren, fuimos a la sección de tercera clase sin reserva y aquello estaba lleno de chusma maloliente. La gente te empujaba al entrar todos en masa apelotonados, gritos, histerias, locura. Mendigos, sucios, musulmanes, hindúes, gente con sacos en la cabeza… aquello era el caos personificado. Encima era de noche y el vagón estaba a oscuras. No encontraba sitio para sentarme. La gente estaba iluminándose con lucecillas, yo lo hacía con el teléfono móvil. Veía rostros extraños entre codazos y empujones. El Entrenador Personal encontró un hueco donde dejar la mochila. Entonces me dijo “por aquí” y nos sentamos en un asiento vacío. Había gente sentada incluso en la parte de arriba donde se dejan las maletas. Por suerte encendieron la luz a los diez minutos. De lo contrario hubiésemos estado tres horas en el tren peor de lo que estaría cualquier judío camino de Mauthausen.

Vi a la gente que había a mi alrededor y disfruté de la situación. No se me ocurrió nada mejor que grabar un video.

Era el momento ideal.

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Diario de India. Capítulo 2. Estambul – Bahrein – Nueva Delhi.
marzo 13, 2010

Primeras horas en Delhi

Quise comprar un billete desde Eskisehir a Estambul en el vagón con camas. “Yok” me dijo la amable dependienta de la taquilla. “Yok” es una de las primeras palabras que se aprenden en turco, se traduce por: “no hay”, “no queda”, “jódete”, “vete a la puta mierda, pesado”, “que te den por el culo”. La diferencia de precio entre un billete de asiento normal con la de un billete de tren-cama es el doble, pero sigue siendo insultantemente barato para el recorrido y las horas de viaje. El trayecto dura seis horas y cuesta aproximadamente 8 euros.

No sabía cómo ir desde la estación de trenes al aeropuerto. Un amigo turco me explicó que debía coger un ferry, ir hasta Taxim, y allí vería una plaza donde salen todo el rato autobuses hacia el aeropuerto. El problema es que yo no sabía dónde parar para llegar hasta allí y tardaría más de lo previsto.

Cuando me dispuse a coger el ferry de Haydarpasa hasta el otro lado del Cuerno de oro me saludó alguien. Levanté la vista y vi a un tipo que había conocido en la embajada de India el día que esperábamos a que nos devolvieran el pasaporte. Entonces le dije que estudiaba en Turquía y no se lo creía. Me preguntaba por qué narices estaba estudiando en Turquía siendo de España. No lo comprendía. Era un hombre de mundo que ha viajado mucho. Fue una casualidad increíble. Viajábamos en el mismo tren. Le pregunté cuándo iba a India. Me dijo que ese mismo día.

– ¿Ah sí? ¡Yo también! – le dije.
– ¿Y en qué compañía viajas?
– En Gulf Air.
– !No jodas¡ ¿Y haces escala en Bahrein?
– ¡Sí!
– ¡Vamos a coger los mismos aviones!

Las casualidades me encantan. Le conocí en Ankara, me pagó el taxi desde la embajada a la estación porque decía que yo era su invitado en Turquía. Me siento mal cuando algún turco hace eso. Le insistí en pagar y al final me dijo que no me preocupara, que él tiene una empresa y que le carga la factura a la empresa. Y ahora, por una de esas casualidades mágicas de la vida, me encuentro con él en Estambul tres días después en un país de más de setenta millones de habitantes y para colmo va a coger el mismo avión que yo rumbo a India. Para que luego digan que el mundo no es un pañuelo.

Le pregunté exactamente cómo se iba al aeropuerto. Le expliqué lo que me habían explicado y me dijo que me olvidara de eso. Lo más sencillo era coger el ferry y luego el tranvía hasta la parada de metro, y luego el metro hasta el aeropuerto. Él se disculpó un rato, me dijo que había quedado con unos amigos y que nos veríamos en el aeropuerto.

Crucé el cuerno de oro. Ya estaba de nuevo en Europa y fui al aeropuerto para volar hasta Asia. Llegué sin complicaciones y a tiempo. En ese momento estaba convencido de que el turco era un ángel de la guarda de los que el destino pone en tu camino para ayudarte a llegar a un sitio.
En el aeropuerto compré un spray antimosquitos para la piel. Era lo único que me faltaba por llevar y era necesario comprarme uno porque al final no me vacuné de nada. Fui al ambulatorio de la universidad a preguntar si me hacía falta alguna vacuna y la tipeja de allí sólo me recetó pastillas para la diarrea y para el dolor de cabeza. Así que pasé olímpicamente de vacunas y la única forma de no contraer la malaria era evitando las picaduras de mosquitos. Para las otras enfermedades de las que no me había vacunado simplemente tenía que confiar en mi suerte. No me vacuné ni de la rabia, ni de hepatitis. Debía evitar mordeduras de perro y de ratas. Casi nada.

Me dejaron subir la mochila al avión. No iba muy lleno. Allí estaba mi ángel de la guarda turco. Justo detrás de mí. Como si fuera Michael Landon en Autopista hacia el cielo. Nos saludamos y poco más. Él vigilaba de mí. Nos dieron de comer. Dormí y cuando me enteré ya estábamos aterrizando en Bahrein. Sinceramente no sabía dónde se encontraba Bahrein, no sabía ubicarlo en un mapa, sabía que estaba por los países del golfo pérsico, pero nada más.

Allí estuve esperando durante dos horas a que saliera el vuelo a Delhi. Me senté y vi un desfile de personajes sin igual. Yo era de los pocos occidentales blancos que se encontraba allí. Estaba lleno de indios y de árabes, con sus túnicas y sus turbantes en la cabeza. Estaba lleno de mujeres con Burka, que son como Batman. Y era como estar viendo a Batman constantemente. Me encanta mirarlas a los ojos, aunque sé que es una falta de respeto en Arabia Saudí, lugar del que seguramente procedían la mayoría. Pero las miradas de las mujeres con Burka es enigmática. A veces me gustaría no ser un psicópata para poder ponerme en el lugar de la gente e imaginar qué podría sentir una mujer con burka. Pero los psicópatas no tenemos empatía con nadie y me resulta imposible imaginarlo. Una de las escenas que me marcó fue ver a una mujer con burka comer una hamburguesa en un restaurante de comida rápida. Yo pensaba que al menos se destaparían la boca para hacerlo. Pero no, lo que hacen es meterse la comida por debajo de lo que es la máscara que es una tela que pende hasta la altura del pecho más o menos, y por ahí meten la mano hasta llegar a la boca. Era horrible a la par de asqueroso contemplar eso. Luego vi que siempre iban tres o cuatro mujeres con burka juntas. No entendía por qué. Hasta que vino a mi mente una palabra que tenía olvidada: Poligamia. Resulta que el marido iba unos cinco pasos por delante y ellas iban caminando detrás de él. Todas eran mujeres de un mismo marido que seguramente había comprado por cuatro camellos y un elefante o algún precio similar. Ya tenía la sensación de estar en el circo. Aunque todo era todavía lujoso y caro. En Bahrein se nota que hay dinero. Se nota que los árabes son gente con mucha pasta. Creo que ninguno de los que había allí trabajaba. La diferencia entre un rico y un multimillonario es que el rico trabaja y el multimillonario no lo ha hecho en su vida.

Todo esto lo escribía en una libreta en lápiz. No pude coger un bolígrafo porque no tenía ninguno en casa. Me costaba mucho escribir en lápiz y cada vez la punta era menos fina. Mientras pensaba eso de pronto vi que a uno que estaba sentado delante de mí se le cae un bolígrafo y no se entera. “No cabe duda de que los ángeles me escuchan” pensé. Todas las cosas que me pasan son mágicas. Desde hace un tiempo me suceden cosas increíbles. Pensar que me hace falta un bolígrafo y de pronto que se caiga uno en mis narices. Esto sólo se iguala a lo que me ocurrió una vez en Cullera, que dije que tenía sed estando en el paseo marítimo y de pronto cayó una botella de agua del cielo, así sin más, aunque parezca increíble. Lo mejor es que años después, mientras contaba la anécdota de la botella de agua a una amiga, me preguntó exactamente dónde me ocurrió eso. “Delante del edificio Florazar” le contesté. “¿Era en verano?” Me preguntó. Le dije que sí y entonces todo coincidió: me dijo que fue ella. Ese día estaba en casa de un amigo que vive allí y tiró una botella por la ventana. De nuevo todo conectaba. Encontré a la autora del milagro.

Por alguna extraña razón no quise coger el bolígrafo. Preferí avisar al hombre de que se le había caído. Al fin y al cabo yo ya podría robar alguno en cualquier otro sitio y a él también le haría falta. A veces no hay que aceptar todos los regalos que te ofrecen las casualidades.

Me puse a la cola para embarcar al avión que me llevaría a Nueva Delhi. Allí eran todo indios. El avión era de los grandes, de los que tienen filas de asientos en el medio. Estuve conversando con el Ángel de la Guarda, que ya tenía su nombre en mayúsculas. Volvió a sentarse en el asiento trasero al mío. A mí me tocó en la ventana y al lado de mí había un indio bastante peculiar. No hablaba inglés y se le veía muy primitivo. Antes de que el avión despegara las azafatas cruzaron los dos pasillos del avión con un bote de ambientador en cada mano y descargaron su contenido hacia el techo. Y es que en avión ya olía a India. Poca higiene y una olor a humanidad que no sólo era demasiado humana, sino también un poco sucia.

Despegó el avión. Todos los asientos de Gulf Air tenían televisión propia. Yo me puse a ver una película de Bollywood que me sorprendió. No por su contenido sino por su técnica, era de Aladin y los efectos especiales estaban muy bien logrados. La dirección de fotografía era de altísimo nivel y los encuadres, composiciones y movimientos de cámara eran de una calidad más que notable, mejor que la calidad de cualquier película española media. Eso sí, en mitad de la película, los buenos y malos se unían para hacer alguna coreografía juntos y a continuación seguir luchando, no tenía sentido alguno.

Luego nos trajeron la comida. Pollo al curry en las típicas bandejas de comida de avión y con un poco de arroz. Comencé a comer y de pronto veo al cavernícola de mi lado que está comiendo con las manos. Concretamente con su mano derecha, que es la que los indios utilizan para comer. Según me dijeron la mano izquierda la utilizan para limpiarse el culo, y es que una de las cosas más importantes que debe saber un viajero es que el papel higiénico es uno de los bienes más preciados que hay en India. Ahora los venden en lugares con turistas. Pero los Indios todavía se preguntan para qué sirve eso. Yo paré de comer para ver cómo lo hacía el de mi lado, mezclaba el arroz en una bola y se lo metía a la boca. Una auténtica guarrada. Luego me acostumbré a ver eso en todas partes e incluso llegué a comer con las manos. Pero al principio, como todo en la India, me parecía una asquerosidad.

Volví a dormirme. Y al tiempo aterrizó el avión en Nueva Delhi. Por fin India.

Leí mucho, me informé bastante, me contaron muchas cosas. Pensaba estar preparado para lo que se me venía encima. Me hablaron del olor, de las calles y de todo. Pero sólo el que ha ido a India sabe que por mucho que lea, vea y oiga, nunca te vas a recuperar al impacto inicial que supone aterrizar en India. De hecho me confié, salí del avión y respiré hondo, esperando que me diera de lleno esa bocanada de olores impactantes que me dijeron. Olí y percibí una olor a “India” muy pobre. Me confié. “No es para tanto” me dije. Pasé por la aduana. Había sólo un hombre para una cola de más de doscientas personas. Tuve la suerte de ser de los primeros de la fila. Porque encima se lo tomaba con una calma y parsimonia que ponía de los nervios.

Mi mochila y yo atravesamos el control. Me despedí de mi Ángel de la Guarda. Nos deseamos suerte. Él se iba a Calcuta y yo no sabía a dónde iba. Saqué dinero en el cajero automático del aeropuerto. Comencé con 6000 rupias, unos cien euros. Le pregunté a un militar con escopeta cómo se podía ir al centro. Pensaba dormir en la zona de Main Bazar, muy cerca de la principal estación de tren de Delhi. Me dijo que lo mejor era coger un taxi de prepago y lo que hice fue lo contrario. Pensé que iban a comisión y pasé de él.

Salí a la calle y comenzó la aventura.

Un taxista se me acercó. Se ofreció a llevarme al lugar. Le pregunté precio. Trescientas rupias me dijo. Hice cálculos. Traduje a Euros. Eran cinco euros. No me parecía caro. Así que subí y resultó ser un Autorickshaw. Más tarde me di cuenta de que me la  metió doblada y que no debí pagar más de 150 rupias por ese trayecto. Era la primera vez que me timaban.

Y en ese momento fue cuando la India comenzó a dejarme boquiabierto. El aeropuerto era sólo un espejismo. A medida que me adentraba en Nueva Delhi comencé a ver la mierda. Estaba amaneciendo y el espectáculo era indescriptible. Comenzamos a mezclarnos con el tráfico. Todos conducían por la izquierda, a la inglesa. Los coches se metían entre huecos imposibles. Había cinco carriles de coches en una carretera de dos carriles avanzando sin sentido. Pitaban sin sentido y esquivaban a los otros coches con una temeridad digna de un suicida. Se metían en el carril contrario y atravesaban la línea continua para adelantar y debatirse en un duelo a muerte con el coche que venía de frente para ver quién era capaz de aguantar más tiempo sin quitarse del medio para evitar el choque. Salimos de la carretera principal y ya nos metimos en unas callejuelas más deterioradas. A los lados estaba lleno de chabolas con gente durmiendo. Había gente tirada por el suelo durmiendo. El autorickshaw giró una esquina y de pronto nos asaltaron tres niños, parecidos a los de Slumdog millionaire. Uno era tuerto, el otro manco y estaban llenos de mierda hasta las cejas. La imagen se me quedó grabada. Seguimos avanzando y nos metimos en el centro, donde las calles ya estaban llenas de baches y de gente caminando. Pensé que me había metido en el barrio chungo porque todo era decadente. Tuve que comprender que toda la India era igual. Aunque me costó asimilar.

El taxista trató de llevarme a una oficina de turismo que según me dijo era oficial. Le pregunté si tenían mapas allí me dijo que sí. Decidí entrar y allí la gente estaba durmiendo en la oficina. Les pregunté si tenían un mapa y me dijeron que no. Luego me di cuenta que trataban de venderme viajes por India y que eso tenía de oficial los cojones. Le dije que no quería nada y volví al taxi. Me llevó hasta la calle donde estaba el hostal. Era la peor calle que había visto en mi vida. Vi mi primera vaca sagrada deambulando por ahí.

Bajé de allí. Pagué al taxista y comenzó a besar el dinero. No entendía nada. Me dijo que no tenía cambio y no podía devolverme. Me cabreé, le dije que me diera cambio de una vez. Al final fue a un sitio a cambiar el billete. Encima que me había timado pretendía quedarse con el cambio.

Me dijo que el hotel era uno que se encontraba en una callejuela estrechísima, por la que apenas cabían dos personas juntas. Entré al hostal y era lo más sucio que había visto en la vida. Confiaba en que las habitaciones fueran mejores y les hice que me enseñaran una. La vi y quedé defraudado. Había visto películas del Oeste con cárceles más acogedoras que la habitación que me ofrecían. Me disculpé un momento y les dije que tenía que salir a hacer una llamada y no volví nunca. Me puse a buscar otro hostal.

Caminaba sin rumbo y sin saber a dónde llegaría. Las calles daban miedo. La gente con la que me cruzaba también. Se me acercaron varios buscavidas ofreciéndome todo tipo de drogas. No me sentía seguro. Por un momento pensé en huir de allí y alojarme en un hotel de treinta euros la noche. No hay palabras que puedan describir la impresión que causa India al principio, no hay foto que pueda hacer justicia. Los olores ya era muy fuertes. Era una constante olor a vaca, a mierda y a incienso. Como estar en una granja las veinticuatro horas.

Iba sin rumbo y sentí que me esperaba algo muy fuerte. Estaba sufriendo. Pero estaba disfrutando enormemente de ese sufrimiento.

Estaba comenzando la aventura y comencé a sentirme completamente libre. Eran mis primeros pasos como viajero auténtico.

“Esto es India”, me dije.

Y sonreí.

Diario de India. Capítulo 1. Camina.
marzo 8, 2010

Tenia miedo y muchas dudas. No sabía si emprender el viaje. Mis amigos se fueron a Tailandia pero yo no quise ir. El viaje se escapaba de mi presupuesto y viajaban treinta personas juntas, lo cual me echaba para atrás. Cuando éramos diez personas ya era imposible desplazarse sin acabar de los nervios esperando a otros o discutiendo el itinerario. Ni me lo planteé. Quedé con otros dos amigos para ir a la India, pero finalmente, tras un primer intento infructuoso de sacarnos el visado en Ankara, decidieron desistir y cambiar su destino rumbo a Malasia. El viaje era más caro que el de Tailandia y tampoco me planteé ir. Tenía dos opciones, quedarme en Turquía solo o viajar a la India solo. Tras pensarlo mucho compré el billete con muchas dudas.

En ese momento acababa de leer El camino del corazón de Fernando Sánchez Dragó. Conseguí el libro en Navidad cuando volví a España. Me lo compré porque vi en la contraportada que trataba de un viaje que pasaba por Turquía y me interesaba saber qué pensaba Dragó del país que ahora habito. Lo que me encontré es un libro en el que apenas hablaba de Turquía y que se recreaba muchísimo en la India y Nepal. Desde siempre me atrajeron ambos destinos, influido, entre otras cosas, por el sabor oriental que tenían algunos de los discos de mi grupo favorito: Héroes del Silencio, en cuyos discos se hablaba de oriente, India y Nepal. Para mi sorpresa descubrí que el disco de Héroes del Silencio del Espíritu del vino estaba profundamente influenciado por este libro. Bunbury copió frases literales del libro para ponerlas en muchas de sus letras, sobre todo en las canciones de “Los placeres de la pobreza” y “Bendecida”. En los placeres de la pobreza aparecen frases como “masturbación de interrogantes” que en su día me pareció una ocurrencia muy buena de Bunbury, pero no era más que una frase que Dragó escribió en su libro. En la otra canción, Bendecida, comienza diciendo “Si la primera mirada es la que vale”, es una alusión también al libro, cuando Dionisio llega a una ciudad turca y allí un nativo le pregunta qué sentía al ver la mezquita, porque la mirada del extranjero es nueva, y su padre le enseñó que la primera mirada siempre es la que vale. Lo sorprendente, a medida que leía el libro, fue descubrir que la canción de “los placeres de la pobreza” estába absolutamente compuesta con frases sueltas del libro. Para mí fue como descubrir la unión entre dos personajes a los que admiraba, aunque no sean santo de mi devoción porque difiero con ellos en muchísimas cosas.

Era como un triángulo perfecto entre Bunbury, Dragó y yo, en el que estaba la India en el medio. No me quedaba más remedio que emprender el viaje. Había una conexión en todo. Comencé a creer que el destino quería que viajase solo. Nunca antes lo había hecho, aunque tenía muchas ganas. Aunque todo lo que leía acerca de la India era aterrador. Algunos viajeros volvían encantados y otros aterrizaban y al ver el percal volvían el mismo día que llegaban. Leí muchos intentos de estafas, viajeros que habían sido narcotizados para robarles en estaciones de trenes, gente que había sufrido mucho en el viaje, e incluso casos en los que envenenaban a turistas para llevarlos a un hospital cercano privado bastante caro y sacarles el dinero.

Además todo el mundo me decía que estaba loco si pensaba irme solo. Poca gente me lo recomendaba. Los que fueron a India me dijeron que no tendría ningún problema, pero que sería duro. Los que nunca han estado me decían que no fuera ni loco. Yo ya tenía el billete y no tenía posibilidad de anularlo. Lo compré una semana antes sin saber bien dónde me metía y sin saber qué lugares iba a visitar.

Necesitaba el consejo de alguien. Necesitaba que alguien me dijera que no estaba loco. Necesitaba que alguien me dijera que fuera valiente, que saliera adelante, que viajara. Tan sólo necesitaba un empujoncito para ir sin ninguna duda. Así que no se me ocurrió nada mejor que escribir a Dionisio, o mejor dicho: a Fernando Sánchez Dragó, pidiéndole un consejo porque iba a emprender mi particular camino del corazón. Quería saber qué pensaba. Le escribí sin muchas esperanzas de que contestara, siendo consciente de que recibiría muchas cartas y mails al día, y que no tendría tiempo ni de leerlos y mucho menos contestarlos.

Pasó una semana y no recibí ninguna respuesta. Yo ya tenía todo preparado para irme. Quise llevarme el mínimo de equipaje posible. Sólo cogí tres pantalones, tres camisetas, y 10 prendas de ropa interior, un pequeño diccionario de inglés de bolsillo (que sólo lo utilicé una vez para buscar una palabra, por lo tanto jamás me vuelvo a llevar un pequeño diccionario a un viaje, es un peso inútil), un chubasquero que tampoco utilicé, un saco de dormir que ocupaba muy poco por si tenía que dormir alguna noche a la intemperie o en algún tren, el cargador de móvil, el teléfono, la cartera y el pasaporte. Nada más. Ni reproductor de música, ni libro que leer, ni nada. Quería ahorrar trabajo a mi espalda, aunque luego, durante las largas horas de viaje, en algunos desplazamientos de más de 20 horas eché en falta algún libro o un reproductor de música, pero tenía una libreta y tan sólo me dediqué a escribir lo que sentía. Lo cual fue mucho más productivo.

Antes de salir de Eskisehir rumbo a Estambul consulté el correo por última vez, y vi un mail de Fernando Sánchez Dragó que decía así:

Ya nada es como entonces. El turismo lo ha matado todo. Viajar es imposible. Sólo encontrarás borregos con mochila y nativos que te verán como una bolsa de dólares con patas y harán todo lo posible por extraértelos. ¿Quieres un consejo? Camina.

Dragó

El mismo Dionisio al que había estado leyendo me aconsejaba sobre la aventura que iba a emprender y que se parecía demasiado a la que él ya vivió. Sentí que la novela que había leído todavía no se había terminado. Ahora Dionisio me pasaba el testigo para que yo la continuara y la viviera. El personaje se transformaba en persona y el lector se convertía en el personaje protagonista.

Por un lado me sentí un poco mal: yo era uno de esos borregos con mochila que mencionaba.

Pero seguí su consejo y comencé a caminar.