Diario de India. Capítulo 2. Estambul – Bahrein – Nueva Delhi.

Primeras horas en Delhi

Quise comprar un billete desde Eskisehir a Estambul en el vagón con camas. “Yok” me dijo la amable dependienta de la taquilla. “Yok” es una de las primeras palabras que se aprenden en turco, se traduce por: “no hay”, “no queda”, “jódete”, “vete a la puta mierda, pesado”, “que te den por el culo”. La diferencia de precio entre un billete de asiento normal con la de un billete de tren-cama es el doble, pero sigue siendo insultantemente barato para el recorrido y las horas de viaje. El trayecto dura seis horas y cuesta aproximadamente 8 euros.

No sabía cómo ir desde la estación de trenes al aeropuerto. Un amigo turco me explicó que debía coger un ferry, ir hasta Taxim, y allí vería una plaza donde salen todo el rato autobuses hacia el aeropuerto. El problema es que yo no sabía dónde parar para llegar hasta allí y tardaría más de lo previsto.

Cuando me dispuse a coger el ferry de Haydarpasa hasta el otro lado del Cuerno de oro me saludó alguien. Levanté la vista y vi a un tipo que había conocido en la embajada de India el día que esperábamos a que nos devolvieran el pasaporte. Entonces le dije que estudiaba en Turquía y no se lo creía. Me preguntaba por qué narices estaba estudiando en Turquía siendo de España. No lo comprendía. Era un hombre de mundo que ha viajado mucho. Fue una casualidad increíble. Viajábamos en el mismo tren. Le pregunté cuándo iba a India. Me dijo que ese mismo día.

– ¿Ah sí? ¡Yo también! – le dije.
– ¿Y en qué compañía viajas?
– En Gulf Air.
– !No jodas¡ ¿Y haces escala en Bahrein?
– ¡Sí!
– ¡Vamos a coger los mismos aviones!

Las casualidades me encantan. Le conocí en Ankara, me pagó el taxi desde la embajada a la estación porque decía que yo era su invitado en Turquía. Me siento mal cuando algún turco hace eso. Le insistí en pagar y al final me dijo que no me preocupara, que él tiene una empresa y que le carga la factura a la empresa. Y ahora, por una de esas casualidades mágicas de la vida, me encuentro con él en Estambul tres días después en un país de más de setenta millones de habitantes y para colmo va a coger el mismo avión que yo rumbo a India. Para que luego digan que el mundo no es un pañuelo.

Le pregunté exactamente cómo se iba al aeropuerto. Le expliqué lo que me habían explicado y me dijo que me olvidara de eso. Lo más sencillo era coger el ferry y luego el tranvía hasta la parada de metro, y luego el metro hasta el aeropuerto. Él se disculpó un rato, me dijo que había quedado con unos amigos y que nos veríamos en el aeropuerto.

Crucé el cuerno de oro. Ya estaba de nuevo en Europa y fui al aeropuerto para volar hasta Asia. Llegué sin complicaciones y a tiempo. En ese momento estaba convencido de que el turco era un ángel de la guarda de los que el destino pone en tu camino para ayudarte a llegar a un sitio.
En el aeropuerto compré un spray antimosquitos para la piel. Era lo único que me faltaba por llevar y era necesario comprarme uno porque al final no me vacuné de nada. Fui al ambulatorio de la universidad a preguntar si me hacía falta alguna vacuna y la tipeja de allí sólo me recetó pastillas para la diarrea y para el dolor de cabeza. Así que pasé olímpicamente de vacunas y la única forma de no contraer la malaria era evitando las picaduras de mosquitos. Para las otras enfermedades de las que no me había vacunado simplemente tenía que confiar en mi suerte. No me vacuné ni de la rabia, ni de hepatitis. Debía evitar mordeduras de perro y de ratas. Casi nada.

Me dejaron subir la mochila al avión. No iba muy lleno. Allí estaba mi ángel de la guarda turco. Justo detrás de mí. Como si fuera Michael Landon en Autopista hacia el cielo. Nos saludamos y poco más. Él vigilaba de mí. Nos dieron de comer. Dormí y cuando me enteré ya estábamos aterrizando en Bahrein. Sinceramente no sabía dónde se encontraba Bahrein, no sabía ubicarlo en un mapa, sabía que estaba por los países del golfo pérsico, pero nada más.

Allí estuve esperando durante dos horas a que saliera el vuelo a Delhi. Me senté y vi un desfile de personajes sin igual. Yo era de los pocos occidentales blancos que se encontraba allí. Estaba lleno de indios y de árabes, con sus túnicas y sus turbantes en la cabeza. Estaba lleno de mujeres con Burka, que son como Batman. Y era como estar viendo a Batman constantemente. Me encanta mirarlas a los ojos, aunque sé que es una falta de respeto en Arabia Saudí, lugar del que seguramente procedían la mayoría. Pero las miradas de las mujeres con Burka es enigmática. A veces me gustaría no ser un psicópata para poder ponerme en el lugar de la gente e imaginar qué podría sentir una mujer con burka. Pero los psicópatas no tenemos empatía con nadie y me resulta imposible imaginarlo. Una de las escenas que me marcó fue ver a una mujer con burka comer una hamburguesa en un restaurante de comida rápida. Yo pensaba que al menos se destaparían la boca para hacerlo. Pero no, lo que hacen es meterse la comida por debajo de lo que es la máscara que es una tela que pende hasta la altura del pecho más o menos, y por ahí meten la mano hasta llegar a la boca. Era horrible a la par de asqueroso contemplar eso. Luego vi que siempre iban tres o cuatro mujeres con burka juntas. No entendía por qué. Hasta que vino a mi mente una palabra que tenía olvidada: Poligamia. Resulta que el marido iba unos cinco pasos por delante y ellas iban caminando detrás de él. Todas eran mujeres de un mismo marido que seguramente había comprado por cuatro camellos y un elefante o algún precio similar. Ya tenía la sensación de estar en el circo. Aunque todo era todavía lujoso y caro. En Bahrein se nota que hay dinero. Se nota que los árabes son gente con mucha pasta. Creo que ninguno de los que había allí trabajaba. La diferencia entre un rico y un multimillonario es que el rico trabaja y el multimillonario no lo ha hecho en su vida.

Todo esto lo escribía en una libreta en lápiz. No pude coger un bolígrafo porque no tenía ninguno en casa. Me costaba mucho escribir en lápiz y cada vez la punta era menos fina. Mientras pensaba eso de pronto vi que a uno que estaba sentado delante de mí se le cae un bolígrafo y no se entera. “No cabe duda de que los ángeles me escuchan” pensé. Todas las cosas que me pasan son mágicas. Desde hace un tiempo me suceden cosas increíbles. Pensar que me hace falta un bolígrafo y de pronto que se caiga uno en mis narices. Esto sólo se iguala a lo que me ocurrió una vez en Cullera, que dije que tenía sed estando en el paseo marítimo y de pronto cayó una botella de agua del cielo, así sin más, aunque parezca increíble. Lo mejor es que años después, mientras contaba la anécdota de la botella de agua a una amiga, me preguntó exactamente dónde me ocurrió eso. “Delante del edificio Florazar” le contesté. “¿Era en verano?” Me preguntó. Le dije que sí y entonces todo coincidió: me dijo que fue ella. Ese día estaba en casa de un amigo que vive allí y tiró una botella por la ventana. De nuevo todo conectaba. Encontré a la autora del milagro.

Por alguna extraña razón no quise coger el bolígrafo. Preferí avisar al hombre de que se le había caído. Al fin y al cabo yo ya podría robar alguno en cualquier otro sitio y a él también le haría falta. A veces no hay que aceptar todos los regalos que te ofrecen las casualidades.

Me puse a la cola para embarcar al avión que me llevaría a Nueva Delhi. Allí eran todo indios. El avión era de los grandes, de los que tienen filas de asientos en el medio. Estuve conversando con el Ángel de la Guarda, que ya tenía su nombre en mayúsculas. Volvió a sentarse en el asiento trasero al mío. A mí me tocó en la ventana y al lado de mí había un indio bastante peculiar. No hablaba inglés y se le veía muy primitivo. Antes de que el avión despegara las azafatas cruzaron los dos pasillos del avión con un bote de ambientador en cada mano y descargaron su contenido hacia el techo. Y es que en avión ya olía a India. Poca higiene y una olor a humanidad que no sólo era demasiado humana, sino también un poco sucia.

Despegó el avión. Todos los asientos de Gulf Air tenían televisión propia. Yo me puse a ver una película de Bollywood que me sorprendió. No por su contenido sino por su técnica, era de Aladin y los efectos especiales estaban muy bien logrados. La dirección de fotografía era de altísimo nivel y los encuadres, composiciones y movimientos de cámara eran de una calidad más que notable, mejor que la calidad de cualquier película española media. Eso sí, en mitad de la película, los buenos y malos se unían para hacer alguna coreografía juntos y a continuación seguir luchando, no tenía sentido alguno.

Luego nos trajeron la comida. Pollo al curry en las típicas bandejas de comida de avión y con un poco de arroz. Comencé a comer y de pronto veo al cavernícola de mi lado que está comiendo con las manos. Concretamente con su mano derecha, que es la que los indios utilizan para comer. Según me dijeron la mano izquierda la utilizan para limpiarse el culo, y es que una de las cosas más importantes que debe saber un viajero es que el papel higiénico es uno de los bienes más preciados que hay en India. Ahora los venden en lugares con turistas. Pero los Indios todavía se preguntan para qué sirve eso. Yo paré de comer para ver cómo lo hacía el de mi lado, mezclaba el arroz en una bola y se lo metía a la boca. Una auténtica guarrada. Luego me acostumbré a ver eso en todas partes e incluso llegué a comer con las manos. Pero al principio, como todo en la India, me parecía una asquerosidad.

Volví a dormirme. Y al tiempo aterrizó el avión en Nueva Delhi. Por fin India.

Leí mucho, me informé bastante, me contaron muchas cosas. Pensaba estar preparado para lo que se me venía encima. Me hablaron del olor, de las calles y de todo. Pero sólo el que ha ido a India sabe que por mucho que lea, vea y oiga, nunca te vas a recuperar al impacto inicial que supone aterrizar en India. De hecho me confié, salí del avión y respiré hondo, esperando que me diera de lleno esa bocanada de olores impactantes que me dijeron. Olí y percibí una olor a “India” muy pobre. Me confié. “No es para tanto” me dije. Pasé por la aduana. Había sólo un hombre para una cola de más de doscientas personas. Tuve la suerte de ser de los primeros de la fila. Porque encima se lo tomaba con una calma y parsimonia que ponía de los nervios.

Mi mochila y yo atravesamos el control. Me despedí de mi Ángel de la Guarda. Nos deseamos suerte. Él se iba a Calcuta y yo no sabía a dónde iba. Saqué dinero en el cajero automático del aeropuerto. Comencé con 6000 rupias, unos cien euros. Le pregunté a un militar con escopeta cómo se podía ir al centro. Pensaba dormir en la zona de Main Bazar, muy cerca de la principal estación de tren de Delhi. Me dijo que lo mejor era coger un taxi de prepago y lo que hice fue lo contrario. Pensé que iban a comisión y pasé de él.

Salí a la calle y comenzó la aventura.

Un taxista se me acercó. Se ofreció a llevarme al lugar. Le pregunté precio. Trescientas rupias me dijo. Hice cálculos. Traduje a Euros. Eran cinco euros. No me parecía caro. Así que subí y resultó ser un Autorickshaw. Más tarde me di cuenta de que me la  metió doblada y que no debí pagar más de 150 rupias por ese trayecto. Era la primera vez que me timaban.

Y en ese momento fue cuando la India comenzó a dejarme boquiabierto. El aeropuerto era sólo un espejismo. A medida que me adentraba en Nueva Delhi comencé a ver la mierda. Estaba amaneciendo y el espectáculo era indescriptible. Comenzamos a mezclarnos con el tráfico. Todos conducían por la izquierda, a la inglesa. Los coches se metían entre huecos imposibles. Había cinco carriles de coches en una carretera de dos carriles avanzando sin sentido. Pitaban sin sentido y esquivaban a los otros coches con una temeridad digna de un suicida. Se metían en el carril contrario y atravesaban la línea continua para adelantar y debatirse en un duelo a muerte con el coche que venía de frente para ver quién era capaz de aguantar más tiempo sin quitarse del medio para evitar el choque. Salimos de la carretera principal y ya nos metimos en unas callejuelas más deterioradas. A los lados estaba lleno de chabolas con gente durmiendo. Había gente tirada por el suelo durmiendo. El autorickshaw giró una esquina y de pronto nos asaltaron tres niños, parecidos a los de Slumdog millionaire. Uno era tuerto, el otro manco y estaban llenos de mierda hasta las cejas. La imagen se me quedó grabada. Seguimos avanzando y nos metimos en el centro, donde las calles ya estaban llenas de baches y de gente caminando. Pensé que me había metido en el barrio chungo porque todo era decadente. Tuve que comprender que toda la India era igual. Aunque me costó asimilar.

El taxista trató de llevarme a una oficina de turismo que según me dijo era oficial. Le pregunté si tenían mapas allí me dijo que sí. Decidí entrar y allí la gente estaba durmiendo en la oficina. Les pregunté si tenían un mapa y me dijeron que no. Luego me di cuenta que trataban de venderme viajes por India y que eso tenía de oficial los cojones. Le dije que no quería nada y volví al taxi. Me llevó hasta la calle donde estaba el hostal. Era la peor calle que había visto en mi vida. Vi mi primera vaca sagrada deambulando por ahí.

Bajé de allí. Pagué al taxista y comenzó a besar el dinero. No entendía nada. Me dijo que no tenía cambio y no podía devolverme. Me cabreé, le dije que me diera cambio de una vez. Al final fue a un sitio a cambiar el billete. Encima que me había timado pretendía quedarse con el cambio.

Me dijo que el hotel era uno que se encontraba en una callejuela estrechísima, por la que apenas cabían dos personas juntas. Entré al hostal y era lo más sucio que había visto en la vida. Confiaba en que las habitaciones fueran mejores y les hice que me enseñaran una. La vi y quedé defraudado. Había visto películas del Oeste con cárceles más acogedoras que la habitación que me ofrecían. Me disculpé un momento y les dije que tenía que salir a hacer una llamada y no volví nunca. Me puse a buscar otro hostal.

Caminaba sin rumbo y sin saber a dónde llegaría. Las calles daban miedo. La gente con la que me cruzaba también. Se me acercaron varios buscavidas ofreciéndome todo tipo de drogas. No me sentía seguro. Por un momento pensé en huir de allí y alojarme en un hotel de treinta euros la noche. No hay palabras que puedan describir la impresión que causa India al principio, no hay foto que pueda hacer justicia. Los olores ya era muy fuertes. Era una constante olor a vaca, a mierda y a incienso. Como estar en una granja las veinticuatro horas.

Iba sin rumbo y sentí que me esperaba algo muy fuerte. Estaba sufriendo. Pero estaba disfrutando enormemente de ese sufrimiento.

Estaba comenzando la aventura y comencé a sentirme completamente libre. Eran mis primeros pasos como viajero auténtico.

“Esto es India”, me dije.

Y sonreí.

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7 comentarios

  1. Esto empieza a superar con creces cualquiera de tus rocambolescos sueños 🙂

  2. ¡Sigue!

  3. Hola Fede! Menudo torrente de sensaciones ¿no? Te pasó de todo!

  4. Me imagino todo y es como si fuera la viajera. Increíble

  5. que pasada. Como me alegro de que te hayas convertido en un auténtico viajero. Y en Indiaaaaa! Con lo que me apasiona. Se feliz, con miedo o sin él— Sigue para adelanteeee valiente! 🙂
    PD: En el vuelo de Sudafrica a Mauricios las azafatas también hacían eso de los aerosoles ambientadores por todo el avión ida y vuelta de la muchedumbre con ese olor particular, no olvidemos que los mauricianos son medio indios… jeje
    Me encata poder leer tus crónicas de indias. Buena suerte y yo también creo en esos ángeles que la vida te pone delante para ayudarte o guiarte.

  6. Me ha encantado.Tu manera de escribir me ha hecho adentrarme totalmente en la India.He disfrutado mucho compartiendo contigo,por unos minutos ese viaje.Me he sentido totalmente identificada en muchísimas cosas.Una gran aventura.Una experiéncia única.Quizás no irrepetible.Pero nunca será como la primera vez.Una magnífica experiencia viajero!

    Las casualidades o no,de la vida,quizás te vuelvan a poner en tu camino a ese ángel de la guarda.

    🙂

    Janah*

  7. Desde Mallorca también te seguimos.
    Más que un viaje para mi un sueño………
    Que la fuerza te acompañe.

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