Diario de India. Capítulo 3. El Entrenador Personal.

“¿Quién me mandaría meterme aquí?” me preguntaba tirado en la cama del hostal. Estaba cansado. Me faltaban horas de sueño y, sobre todo, estaba saturado hasta el límite. El paseo por Nueva Delhi me había dejado muerto. No entendía nada. Ni siquiera sabía dónde podía comer. Leí que había que escoger bien los lugares donde comer, porque cualquier lugar con poca higiene podría provocar una mala diarrea en el viajero. Los puestos callejeros daban miedo. La comida que servían estaba llena de moscas y los antros donde cocinaban eran auténticos cuchitriles infectos.

Conseguí un hostal por mil rupias la noche. Era el más decente que vi tras buscar en varios. Cada cual que me enseñaban era peor. El buscavidas que me acompañó se llevaría una buena comisión. Salí a dar un paseo y todo el mundo me asaltaba. Leían en mi cara que yo era novato y era fácil de timar. Por suerte tengo la costumbre de ser rata y si hay algo difícil en este mundo es sacarme el dinero. No lo consiguieron ni los vendedores de relojes, ni los agentes de viajes, ni los encantadores de serpientes, ni los timadores en la puerta de la estación de trenes, ni nadie. Todos, absolutamente todos, querían sacarme el dinero. Incluido un buen indio que se me acercó, me dijo que tenía una agencia de viajes y que podía ayudarme. Este sinvergüenza me pidió nada más y nada menos que mil euros por una ruta por India. En cuanto me dijo el precio me levanté amablemente, me despedí y me fui. Que le den por el culo.

La primera impresión que da la India te hace reflexionar mucho. Ya se sabe que el mundo está mal repartido. Continuamente escucho esta expresión cuando una mujer habla de las tetas de su amiga y ella quisiera tenerlas igual, “Qué mal repartido esta el mundo” dicen con envidia mientras miran las grandes tetazas de su amiga. “Qué mal repartido está el mundo” dice uno cuando ve que su amigo se está tirando a un bellezón y él no. Efectivamente, el mundo está mal repartido. Pero en India se dejan de lado esas insignificantes, burdas e injustas malas reparticiones del mundo de occidente para alcanzar su máxima expresión. Te das cuenta desde el primer día que la pobreza asola todo el paisaje, la pobreza te envuelve, la pobreza lo es TODO y nadie tiene NADA. Realmente afecta ver a niños mugrientos que se te acercan a pedirte limosna y te enseñan los muñones o ver a una madre paseando con su hijo raquítico, tendiéndote la mano y mirándote fijamente a los ojos y a la que tienes que esquivar porque se te cruza en el camino. Uno no sabe qué hacer en esas circunstancias. Yo siempre huyo hacia delante, pero tengo un gran defecto: no puedo dejar de mirar. Miro demasiado y ellos lo saben. Soy una persona que no aparta los ojos de la pobreza. No dejo de mirar cuando alguien pide algo. Le ignoro sí, pero le observo. Estoy viendo su alma. Trato de ver su expresión. Trato de comprender. Trato de encontrar un porqué. No lo hay. O quizás sí… esa explicación es que el mundo está mal repartido. Pese a lo que digan las mujeres sin tetas o los pichacortas de occidente, ellos siempre van a tener la mejor parte de una tarta que nunca han visto entera.

Es imposible que después de haber visto tanta miseria no te resulten ridículos los problemas cotidianos y las quejas habituales de la gente que vive atrapada en sus oficinas. El mundo, después de India, es mucho más despreciable de lo que era antes, y ya es decir.

Decidí dormir una buena siesta en el hostal. Estaba muy cansado. Luego salí con la intención de explorar la ciudad. Quería ver la Jama Masjid, la mezquita más grande de India. Estaba cerca de donde me alojaba. Así que me subí al primer ciclorickshack que se me acercó. Le dije de ir a la Jama Masjid y acabó llevándome a la puerta de una casa de putas en un barrio todavía peor de lo que ya había visto antes.

– ¿Dónde me has traído? – le pregunté en inglés.
– Enjoy, enjoy -me dijo mientras hacía el gesto de follar con una mano y me señalaba a un piso.

Traté de explicarle que yo pasaba de eso y es cuando descubrí que no entendía nada de lo que le decía. Luego se me acercó un buscavidas y me dijo que las putas estaban a buen precio.

– ¡Pero que yo no quiero putas, yo lo que quiero ver es una mezquita! -grité.

No me entendían, o hacían como que no me entendían. Le dije al chavalín de la bicicleta que me dejara donde me había recogido. A la mierda la Jama Masjid. Era lo que me faltaba. El chavalín se empeñaba en hablarme en hindú y yo tan sólo le decía que no le entendía nada. La comunicación fue difícil, sobre todo porque por su parte no tenía ganas de escuchar. Llegamos a Main Bazar de nuevo y me pide 150 rupias.

– Pero esto no es lo que acordamos. Me dijiste 20.
– Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla One jundret fifty rupies.
– ¡Eres un ladrón! ¡Cabrón! Eso no es lo que me dijiste.

Entonces todavía no sabía negociar. Más tarde aprendí a hacerlo. Pero pensaba que si te decían un precio tenías que pagarlo. En la India las cosas no siempre funcionan así. Le di las 150 rupias, unos tres euros por un paseo completamente inútil y me fui a buscar un restaurante.

Pasaron unos turistas y me acerqué a ellos para preguntarles dónde se podía comer bien. Imaginé que ellos lo sabrían porque llevaban guía. Entonces me sentí estúpido porque les saludé y pasaron de mí. Se pensaban que yo era un buscavidas más de los que continuamente les asataban y ni siquiera me miraron a la cara. Me ignoraron por completo. Tuve que preguntar a otros y me dijeron un sitio. Era un buen local en el centro de Main Bazar. Tenía vistas a una placita que estaba llena de vacas sagradas. Me dieron la carta y no sabía qué pedir así que le pregunté a la camarera cuál era su plato favorito. Pollo al curry. ¿Picante? Poco picante, por favor. No sé qué entenderán los indios por “poco picante”. Siempre está muy picante, digas lo que digas.

Luego salí de allí y me puse a pasear entre la gente. Aquello seguía sorprendiéndome. La información acumulada que recibían mis ojos cada segundo era incalculable. Una de las cosas que más me llamó la atención fue ver a un muerto de hambre, completamente raquítico, que se había comido medio pan y el otro medio se lo daba de comer a una vaca ambulante. No me podía creer, a esa persona le hacía faltaba comer mucho más. Luego las mismas vacas, con su elegancia y su tranquilidad, se acercaban de vez en cuando a una tienda de comida y comenzaban a comer del género, robaban alguna fruta o cualquier cosa y el tendero salía con un palo, les daba dos golpes en el culo y se alejaban con su bolsa de frutas.

Y entonces conocí al segundo ángel de la guarda del viaje: El Entrenador Personal de Barcelona. Era el primer español que veía desde que estaba en India. También viajaba solo. Acababa de llegar. Había buen rollo. No dudé ni un instante en decirle que yo tenía un hostal que podíamos compartir. Aceptó. Estaba claro que ninguno de los dos éramos homosexuales. Él era otro colgado de la vida que, como yo, había emprendido su viaje en solitario por la India. Pero él se iba a hacer un cursillo de masajes por el sur. Es curioso porque el Entrenador Personal trabajaba para oficinistas sin tiempo y con mucho dinero que querían ponerse en forma. Pero también fue mi Entrenador Personal de cómo manejarme en India. Era un hombre de mundo. Había viajado mucho y sabía a la perfección cómo tratar con la gente. Para mí fue un salvador.

Dormí mi primera noche en India y al día siguiente nos levantamos pronto para ir a ver el Fuerte Rojo de Delhi. Cogimos otro cicloricksack y el Entrenador Personal regateó. Le dijo que 50 rupias para ir hasta allí y punto. No rechistó. Por el camino le hacíamos parar y tomábamos fotos. Llegamos al lugar.  Teníamos hambre porque no habíamos desayunado y allí dentro había un pequeño restaurante. Yo pedí de todo un poco y un chai. Me lo zampé. Luego preguntamos cuánto valía al que estaba en la barra. Nos señaló hacia la puerta donde había un señor que estaba en un mostrador al lado de la puerta. Veo que el Entrenador Personal en vez de pararse en el mostrador sale por la puerta, le sigo.

– ¿Pero ya has pagado? -le pregunté.
– ¿Qué voy a pagar? A ver si encima de que pregunto cuánto vale voy a tener que estar de un lado a otro para pagar. ¿No te das cuenta? Estos ni se enteran de que nos hemos ido.

Así era. Nadie se dio cuenta. Era nuestro primer simpa. Estuvimos haciendo fotos por allí dentro y de nuevo se acercó otro buscavidas. Este decía que era guía turístico oficial y nos preguntó si queríamos un guía. No le contestamos ni le dijimos que no y nos siguió y comenzó a explicarnos todo.

– Oye, que este nos está explicando todo. Luego le tendremos que pagar 150 rupias que ha dicho -le dije.
– No pasa nada, yo no le he dicho que quiero guía ni tú tampoco. Luego no le pagamos nada y ya está. A esta gente le da igual.

Fotos y más fotos. Algunas cosas interesantes. Construcciones curiosas. Lo más divertido era ver a los indios pasear por allí y hacerles fotos. También me hice fotos con unos niños que se pusieron conmigo como si yo fuera una estrella del rock. El guía era de los que entra como turista y luego intenta sacar dinero explicando cosas a los turistas. Un buscavidas más.

Llegamos al final y el guía nos dijo que eran 150 rupias.

– Yo no te he dicho que quería guía -le dijo el Entrenador Personal.
– ¡Pero es mi trabajo!

A mí me supo mal. Le dije que deberíamos pagarle. Que no podemos hacer eso.

– Vale, vale -siguió el entrenador persona- toma 50 rupias.
– Pero son 150 rupias, soy guía oficial de aquí.
– Sí, sí, venga, toma 50 rupias y te callas.
Sacó un billete de 50, se lo dio, protestó un poco, pero se fue.

– ¿Ves? Si esta gente cobra como mucho un euro al día. Este ya tiene el día de hoy arreglado -decía con total descaro.

Salimos de allí y un conductor de ciclorickstak nos asaltó. No quería cobrar por un recorrido por el centro de una hora 300 rupias. Pasamos de él aunque seguía detrás de nosotros ofreciéndonos precios más bajos. Llegamos a la puerta y estaba lleno de cicloricktacks.

– ¿Quién me hace un recorrido por 50 rupias una hora? – preguntó el Entrenador.

Salió uno de tantos ofreciéndose. Entonces el de las 300 rupias comenzó a gritarle algo así como que éramos de él, que no se los quitara. Él que se ofreció le contestó de mala manera. Nos sentamos en su bicicleta y al timador de 300 rupias le decíamos que eso le pasaba por tratar de engañarnos con el precio. Entonces le soltó un puñetazo a nuestro conductor, él bajó de la bici y comenzaron a pegarse entre ellos a puñetazo limpio. El Entrenador Personal parecía disfrutar de la situación y les estaba animando a darse más fuerte. Yo simplemente estaba boquiabierto flipando en colores, aunque quise coger la cámara para hacer fotos pero no me dio tiempo.

Al final salimos de allí con nuestro luchador. Haciendo bromas todo el rato de que era un buen boxeador. Tenía la boca sangrando pero era un valiente. Visitamos un templo jainí. El cura que estaba allí nos hizo de guía. Nos descalzamos, nos obligó a lavarnos las manos y a quitarnos cualquier cosa de piel que teníamos para poder subir al primer piso. Uno de los impedimentos para subir al primer piso es que las mujeres con la menstruación no pueden entrar. Tócate los cojones. Al terminar el recorrido el tío nos pidió 150 rupias a cada uno por hacernos de guía. Pensábamos que era gratis. Yo le dije que no tenía dinero, que yo no era un turista, que yo era un viajero, y al final opté por darle 10 rupias y se quedó satisfecho tras mucho insistir. El Entrenador Personal le dio 10 rupias más y adiós muy buenas.

Luego visitamos otra mezquita. Allí hablé con unos niños musulmanes que resultaron ser los que mejor sabían inglés de toda india. Al parecer los musulmanes de India tienen muy buena educación, o al menos esa impresión me dio. En la mezquita estaba dando una charla un gran imán que venía de Irán, parecía ser importante, según me dijo el niño. También me preguntaron de qué religión era. No sabía qué contestar. No me gusta decir que soy católico. Así que opté por decirle que no tenía religión, que es como realmente me siento. Le dije que entre Dios y yo no había intermediarios y me quedé tan ancho.

Luego nos hicimos una foto juntos:

Fuimos al mercado de las especias. Nos perdimos por unas callejuelas y allí volvieron a ofrecerme putas. Pasé de ellos. Parecía que era lo único que sabían decir en inglés. Hice unas cuantas fotos al lugar y salí de allí. No había nada interesante.

Era el momento de ir a Agra. El Entrenador Personal se venía conmigo y más tarde se largaría al sur de India y yo seguiría con mi ruta sin itinerario.

Llegamos a la estación de tren para comprar el billete y aquello fue la mayor locura que vi nunca. Era imposible comprar el billete. Nos mandaban de un lado a otro. Luego no sabíamos cuál era el andén del tren y era dificilísimo saberlo. Ningún panel lo indicaba y cuando preguntabas a alguien te sonreían y movían la cabeza de un lado a otro como gilipollas. Es una expresión muy típica el movimiento de cabeza de los indios. La estación estaba repleta de gente. Se dice que en India se desplazan 14 millones de personas diarias en tren y que Indian Railways es la segunda empresa del mundo en número de trabajadores. No pudimos comprar un billete para la segunda clase y tuvimos que ir en tercera. Una de las experiencias más alucinantes de mi vida.

Llegamos al andén no se sabe bien cómo. Pasó el tren, fuimos a la sección de tercera clase sin reserva y aquello estaba lleno de chusma maloliente. La gente te empujaba al entrar todos en masa apelotonados, gritos, histerias, locura. Mendigos, sucios, musulmanes, hindúes, gente con sacos en la cabeza… aquello era el caos personificado. Encima era de noche y el vagón estaba a oscuras. No encontraba sitio para sentarme. La gente estaba iluminándose con lucecillas, yo lo hacía con el teléfono móvil. Veía rostros extraños entre codazos y empujones. El Entrenador Personal encontró un hueco donde dejar la mochila. Entonces me dijo “por aquí” y nos sentamos en un asiento vacío. Había gente sentada incluso en la parte de arriba donde se dejan las maletas. Por suerte encendieron la luz a los diez minutos. De lo contrario hubiésemos estado tres horas en el tren peor de lo que estaría cualquier judío camino de Mauthausen.

Vi a la gente que había a mi alrededor y disfruté de la situación. No se me ocurrió nada mejor que grabar un video.

Era el momento ideal.

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10 comentarios

  1. 🙂

    Una cosa: escribiste “- ¡Pero que yo quiero putas, yo lo que quiero ver es una mezquita!”

    Supongo que has olvidado un “no” despues del “yo”…

  2. “Le dije que entre Dios y yo no había intermediarios y me quedé tan ancho.”

    Genial! 🙂

  3. Hola Fede! Qué gran suerte que encontraste a ese hombre XD! Pon el video ya, no seas así!! jajaja

  4. Y aparte de la frase que destacabrubou, me gustó esta: “En cuanto me dijo el precio me levanté amablemente, me despedí y me fui. Que le den por el culo.” XD…

  5. y me pregunto se puede encontrar paz dentro de todo este caos…..
    si te sientes libre y encuentras paz, que más quieres, estás en la India.
    Que la fuerza te acompañe.

  6. ¡Pero si los asientos tiene número y todo!

  7. Me ha gustado: “Al final salimos de allí con nuestro luchador. Haciendo bromas todo el rato de que era un buen boxeador. Tenía la boca sangrando pero era un valiente.”

  8. “Le dije que entre Dios y yo no había intermediarios y me quedé tan ancho”
    eres un crack, en serio.

  9. Por mucho que esos asientos tuviesen número… cada uno se sentaba donde podía. Estábamos sentadas 5 personas en los asientos para 3 personas.

    Tambén leí que todos los años hay muertes en los trenes por asflixia y por aplastamiento y te aseguro que al entrar en ese tren aquello era una auténtica locura sin sentido.

  10. Madre mía.
    Que pelígro.
    Cuesta verte rodeado de esa gente…
    Mola la calle en la que sólo caben dos animales.
    Yo, no por todo el oro del mundo, me acostaría con una puta índia.

    Ten cuidado por ahí… no hay sea que por ser español… crean que eres torero y la tomen contigo, al igual que la tengo yo tomada con el resto de España.

    El entrenador de Barceloa… ¡un ángel de la guarda!??

    Supongo que ya sabrás bastante el idioma…
    Estarás disfrutando de lo lindo, me imagino.
    Todavía no has contraido ninguna enfermedad?
    Hay oficina de correos por ahí cerca?

    Bueno, cuídate.

    Au.

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