Sin ganas de empezar y perdiendo todo el respeto a esto

enero 11, 2010 - 2 comentarios

No quería volver pero tampoco quería irme. Decía que no quería volver a España porque comenzaba a estar a gusto en Turquía, comenzaba a disfrutar de la situación y pensaba que volver era poner un paréntesis absurdo en el camino. Pero volví y comprendí que en España se vive mejor que en ningún sitio, que todo da asco, pero al menos lo entiendes. En Turquía creo que me había acostumbrado a malvivir, me adapté a la mala vida, a que me cortaran el agua cuando les viniera en gana, a la suciedad extrema en la cocina, a la convivencia con gente que no entiendes, a que duerma gente en mi cama sin permiso, a esa cabezonería turca e insistente, a sortear a todos esos que tratan de engañarte con ofertas, a los que te ofrecen un taxi sin pedirlo, a dar la documentación cada vez que entro en la universidad, a los tíos con metralleta que están en el edificio militar de al lado de casa, a la gente que te manda callar porque gritas en el servicio de una discoteca, a las mujeres con velo, a los cantos de las mezquitas cinco veces al día, a poner mi vida en riesgo cada vez que cruzo la calle, a las calles repletas de basura a las diez de la noche porque no existen contenedores, a que SIEMPRE me hablaran de fútbol cuando les decía que era español, a las calzadas de la calle destruidas, a la increíble burocracia turca que es cien mil veces más lenta que la española (y ya es decir), a los turcos pesados, a la falta de criterio absoluto en lo que a diseño gráfico se refiere, a las comic sans por doquier…

Vuelves a España después de un tiempo estando fuera y no quieres volver a irte. Todo es típicamente cotidiano pero único. Ves con ojos extranjeros lo que hay en tu propia tierra y eso no tiene precio.

Ayer llegué de nuevo a Turquía. Mi compañero turco, después de las preceptivas felicitaciones, me pregunta cómo se dice la palabra en español mimitos, para concretar especifica: cuando una chica no quiere follar y tratas de convencerla, ¿qué se hace para convencerla? ¿darle mimitos? Y yo… sí.

El otro compañero turco, que no habla español, lo único que me ha dicho es que está borracho y necesita dormir.

El compañero argentino me dice que está triste. Cuando le pregunto por qué me dice que tiene ganas de coger, que no es nada, que eso se soluciona con una paja.

La cocina estaba destrozada. Las puertas de los armarios reventadas. La cocina era nueva y miedo me da preguntar qué ha pasado. Todo el destrozo parece provocado por un borracho inconsciente que ha comenzado a dar puñetazos y patadas a todo lo que ha visto. La casa estaba llena de botellas de alcohol vacías. La encimera de la cocina sucia, como siempre, aunque yo la dejé sucia al irme, todo hay que decirlo.

Lo peor es que ya no necesito tiempo de adaptación, he estado prácticamente un mes fuera y vuelvo como si me hubiese ido ayer. Nunca pensé que podía adaptarme tan rápido a esto. Lo que más me sorprende de toda esta experiencia es la capacidad de adaptación que he tenido. Uno se puede acostumbrar a cualquier cosa, por difícil que parezca.

Tan sólo espero una cosa después de esta nueva etapa… quiero escribir más.

Y algún día hablaré de los Erasmus, esa especie en peligro de expansión cuyos únicos objetivos son los de beber y follar. Y parece que hay que hacerlo porque sí, porque está así escrito, porque es un deber, porque si no carece de sentido la experiencia Erasmus. Si existiera una escala de valores y una clasificación de las almas de la gente podría decir que todos los Erasmus son el eslabón más bajo y más empobrecido de la raza humana y que lo mínimo que merecen es una muerte lenta y dolorosa. Todos ellos acompañados por los turcos, y por su pasión turca tan famosa, pero que en realidad es una cabezonería extrema, una insistencia agobiante, y una atrofiedad mental que me hacen pensar en muchísimas ocasiones que tienen un coeficiente intelectual infinitamente inferior al del resto de la humanidad. Las ideas más nazis de mi ser afloran cada vez que alguno me demuestra que se comporta como un subhumano. Turquía quiere meterse en la unión Europea, pero yo hasta ahora no he visto todavía ningúna razón sólida para que lo hagan y es más, lo único que veo son motivos para que no lo hagan. Algún día profundizaré más en el tema, pero es como una sociedad que va de avanzada pero que todavía no ha atravesado la época del destape. Necesitan una revolución sexual y mental mayor para conseguir ser una nación candidata. Hay represión, y los militares contribuyen a ello, los cuales todavía ejercen un poder desmesurado en un país que presume de ser una democracia avanzada en un país islámico.

Las cabras siempre tiran pa´l monte.
Me enamoré, me desenamoré. Amor y odio siento por esto. Lo que sé es que le he perdido el respeto. Y eso lo vais a notar porque en realidad no tengo ganas de estar aquí, lo cual puede ser mucho más divertido.

Momentos estelares

noviembre 9, 2009 - 2 comentarios

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Estamos de exámenes. Se inventaron una semana en medio de noviembre para hacer exámenes parciales. Nada de lo que ocurre aquí tiene sentido. Tuve que hacer un examen de inglés dos días seguidos. Un viernes y un sábado. El primer día pusieron 10 preguntas y el segundo 40 preguntas. Lo que yo me preguntaba era por qué no podían poner todo el mismo día y en el mismo examen. Nadie supo darme una respuesta razonable. Al parecer los turcos aceptan lo que les viene y aceptan a la autoridad como algo incuestionable y a mí eso me saca de quicio.

Pero a veces hay momentos mágicos que te descolocan por completo.

Estaba en clase de video-arte. Los alumnos estaban proyectando sus videos. La clase era en turco, pero el profesor de vez en cuando decía algo en inglés para los erasmus. No importaba demasiado, tenía un turco al lado que me traducía todo lo que iban diciendo. Los videos que se proyectaron fueron lamentables. Auténticas mierdas del tamaño de un piano que si yo fuera el profesor no sólo los suspendería, sino que haría todo lo posible para que los expulsaran de la universidad.

Un alumno hizo un video que trataba de su coche. Decía que el coche era su vida y lo único que grabó fueron planos de su coche  aparcado en una calle cochambrosa. Luego lo conducía y hacía unos cuantos derrapes. Al principio pensé que se trataba de una broma, de una parodia de un bacala turco, pero no, el tío era así en serio y me dieron ganas de vomitar.

En medio de las proyecciones el profesor se levantó y preguntó quién quería un çay o un café. Los alumnos comenzaron a levantar la mano. Yo me pedí un té. Todo el mundo se pidió algo. Éramos unas 15 personas en clase. Entonces se levantó un alumno y volvió enseguida. A los dos minutos apareció una becaria con una bandeja llena de tés y nos lo fue poniendo uno a uno en la mesa. Después nos lo tomamos mientras el profesor ponía más videos.

Me encanta que me ofrezcan té en todos los sitios. Uno de los primeros días en la universidad, estando en secretaría esperando también me ofrecieron un té, o mejor llamarlo çay. Da muy buen rollo que te ofrezca eso en plena espera. Son de ese tipo de cosas que nunca harían en España. Lo que también es increíble es que en las tiendas, cuando vas a comprar, también te ofrezcan bebidas. Una vez entré a mirar muebles y el hombre me sirvió un çay. Otra vez entré a otro sitio y el hombre me ofreció cualquier cosa para tomar. Siempre es gratis, podía pedir Coca-Cola, o agua o té… esas cosas me encantan de Turquía.

En los restaurantes también te ofrecen çay después de las comidas y nunca te los cobran. Es costumbre regalarlo. En España, sin embargo, cobran los cafés a precios abusivos en los restaurantes. De hecho, según me comentó un amigo hostelero, los cafés y los licores al final de las comidas son los productos con los que mayor margen de beneficio obtienen.

Lo gracioso de todo esto es que voy a restaurantes y como por 2 euros y me pongo las botas. Exactamente lo mismo que te cobran por un café en España.

Un día más

noviembre 4, 2009 - Leave a Response

Escribo desde el presente. Se me han acumulado tantas vivencias que no puedo contarlas todas de un tirón. Son demasiadas. Pero prometo que haré constantes flashbacks para contar lo que ha ido sucediendo a lo largo de este mes y medio en Turquía.

Aquí ya ha llegado el frío. Hemos tenido temperaturas de -3 grados y no lo soporto. No me he traído una buena chaqueta y por necesidad voy a tener que comprarme una cuanto antes.

Para colmo vivo lejos de la universidad. Tengo que caminar media hora para llegar. Ayer salí de casa con la intención de ir a la clase de basic fotography y fue una aventura. Primero paré para comerme algo en uno de los millones de sitios que venden kebaps, aunque ninguno de los kebaps aquí es parecido a los que se venden en España. Si algún día venís sabréis por qué.

Pedí un tantuni y una cocacola. Curiosamente la cocacola me costaba más que el propio tantuni. El tantuni es un bocadillo, aunque también lo puedes pedir en dorum. Me costó el equivalente a 80 céntimos de euro, y la cocacola me costó un euro.

El del local ya me conoce, he ido a comer muchas veces y el tío ya me dice palabras en español. Yo trato de hacer lo que puedo en turco, pero por suerte es uno de los escasos turcos de a pie que sabe unas nociones básicas de inglés. Por lo general, cuando preguntas a algún turco de una tienda si saben algo de inglés te dicen que un poco. Luego les hablas en el vocabulario más simple que puedas emplear y se te quedan con cara de alucinados. No sé para qué dicen que saben hablar un poco si luego no saben nada. Al parecer sólo saben decir “A Little”.

Después me fui a la universidad, que está al norte de la ciudad, tengo que atravesar una calle inmensa, con mil tiendas, con mil negocios, con dos mil escaparates y llena de gente. Luego tengo que cruzar una zona que está en obras que parece un campo de minas de Vietnam. Lo más curioso es que a veces te hacen pasar por medio de la obra, entre los caminos que trabajan y ni siquiera colocan unas maderas ni una barrera de protección. Están haciendo un túnel subterráneo y al día pasarán más de veinte mil personas por esa calle para ir a la universida.

Lo peor de esas obras que llevan desde que llegué aquí son los días que llueve. Un día llovió y me hundí de fango hasta el tobillo. Aquello daba un asco indescriptible y te dan ganas de coger a todos los turcos y enseñarles un mínimo de civismo y de cosas que jamás deberían hacer. Aunque luego lo pienso y creo que en España también se pasan con las mismas cosas.

Cuando llego a la puerta principal de la universidad tengo que sacar la identificación para entrar. En la puerta está lleno de guardias de seguridad, pero estos al menos no están armados, como en la mayoría de sitios donde hay vigilancia. Da mucho reparo ver a alguien que te está esperando con una metralleta en la mano. Siempre que paso por al lado de un edificio militar me pregunto si el de la metralleta no tendrá un mal día y decidirá descargar todo su cartucho sobre mi persona. Les enseño la identificación, que ni la miran, y paso sin más. Por suerte esta es una de las universidades más pacíficas de Turquía. Me contaron que en las otras universidades siempre hay altercados con kurdos, y siempre se están pegando entre distintos grupos de asociaciones juveniles de radicales. Aquí sólo he visto a unos cuantos perroflautas manifestándose sin que nadie les prestase la menor atención. Mejor así.

Cuando entro tengo que subir una cuesta interminable, que invita muy poco a ir a la universidad. Tenrá unos 150 metros, pero es muy dura, sobre todo cuando se recorre a las ocho de la mañana y sólo piensas en lo bien que estarías en la cama tocándote los cojones.

Llego a mi facultad, que por suerte es una de las primeras que hay al entrar. Hay otras que están mucho más lejos y para llegar a ellas hay que caminar al menos veinte minutos más.

Subo al primer piso. Entro en el aula donde se dará la clase y me veo un cartel que dice que la clase se ha cancelado. Uno en estos casos se queda con cara de gilipollas. Sobre todo por el hecho de haber caminado tanto y hacer tanta mierda para nada. Por el valor académico no me preocupa. En basic photography están enseñando lo que es el diafragma y el obturador y gilipolleces similares. Me interesa más la clase por aprender a decir todas esas palabras en inglés que por el propio contenido, el cual ya habré estudiado en al menos tres asignaturas más.

Bajo a la cafetería. Allí me tomo un chocolate y se me acerca un turco. Ya hablé con él la semana pasada en clase. Me presenta a su novia y a varios amigos. Me invita a ir a su casa a jugar al pro. Le digo que no tengo nada mejor que hacer y que me parece un plan perfecto. Es un tío peculiar. Saluda a todo el mundo en la universidad y dice de sí mismo que es el más famoso de la universidad. A mí me hace gracia por lo flipado que está.

Antes de llegar a su casa, mantuvimos una conversación en un inglés lamentable. Cualquier anglosajón se retorcería de dolor si escuchase nuestra conversación. Pero nos entendemos, y eso es lo importante. Le acompañaba otro turco y su novia. Se pararon en una tienda y me preguntaron qué quería de beber y de comer. Les dije que nada. Al parecer los turcos no entienden bien el significado de nada. Porque insistieron muchísimas veces en decirme que les pidiera algo de comer y de beber y hasta que no lo hice no se callaron. Al final elegí un paquete de papas que me ofrecí a pagar y el turco se lo tomó como una ofensa. Sacó él el dinero y lo pagó diciendo que yo era el invitado y que en su casa los invitados tenían que estar tan a gusto como en su casa.

Llegamos a su casa y fuimos a la habitación. Vi sus posters. Alguno del Padrino, American History X, hablamos de películas. Pero entre todos los posters de buenas películas había un poster de Tokio Hotel que al verlo me dieron ganas de irme de la habitación y hizo que le perdiera todo el poco respeto que le podía tener al turco.

Encendió la play y jugué contra el anfitrión y su amigo. Una partida la perdí y la otra la empaté. Al parecer cuando juegan al Pro no tienen mucha tradición de jugar la prorroga y los penaltis, aceptan el empate tal cual. Eso es inconcebible en España. Siempre debe haber un ganador o si no desaparece el pique.

Luego dejamos de jugar y comenzamos otra conversación. Le pregunté por qué Ankara era la capital de Turquía y no Estambul. Me dijo que era una muy buena pregunta y se dispuso a contestarme. Me sacó un mapa de Turquía y comenzó a explicarme la historia de Turquía desde el siglo pasado. Estuvo una hora contándome los entresijos de la primera guerra mundial, de las conquistas de Ataturk y de las batallas que se libraron. Al menos aprendía algo.

Luego le dije que quería aprender frases en turco y le pregunté unas cuantas. Yo me las apunté en la libreta y, como siempre, luego me enseñó insultos. Pero eso ya fue cuando se fue la novia. Cuando dijo que me iba a enseñar insultos la chica se ruborizó y se tapó los oídos. Tienen una delicadeza extrema y preocupante. Está muy mal visto decir alguno delante de una mujer.

Luego me dio clases de ligue. Le dije que no me interesaba. Pero comenzó a enseñarme todo lo que tenía que decirle a una turca para ligármela. Pero no me interesaba demasiado, pero él insistía mucho, quería a toda costa que aprendiera ciertas palabras. Cuando las pronunciaba en mi mal acento turco todos se descojonaban, es probable que me estuviese tomando el pelo para reírse, pero no me importa, al menos se reían a mi costa.

Luego me enseñó su equipo de football manager, pues le dije que era muy aficionado. Y comenzó a enseñarme con orgullo sus fichajes y sus ventas. Y una cosa muy curiosa es que luego me enseñó los videos que tenía en su ordenador. Todos eran de aficionados del Ferenbaçe cantando. Yo no lo entendía al principio, pero los turcos tienen la costumbre de ver ese tipo de videos y de fliparse en casa viéndolos. El turco que vive conmigo, cuyo nombre es Mete (vaya gracia), también se los pone de vez en cuando y se pone a entonar cánticos de fútbol similares a voces mohicanas y no le veo el sentido. Pero no le veo el sentido a muchas de las cosas que hacen y eso a veces (sólo a veces) es divertido.

Por la noche fui a una fiesta sorpresa para un turco que vive con unos compañeros españoles. Era su cumpleaños y decidieron meter a 30 personas en un piso. Odio mucho esas fiestas. Ni se puede hablar ni se puede hacer nada. Son todo lo contrario a divertidas. Pero bueno… tampoco tenía nada mejor que hacer.

En cierto momento bajé de la fiesta y un turco me abordó por la calle. Me hablaba en turco y yo no le entendía. Me señalaba con el dedo al apartamento de la fiesta y me seguía hablando en turco. Le decía que no le entendía y me hacía el loco. Pero luego hizo el gesto de dormir y le entendí, pero hice como si no le entendiera y le dije que fuera a hablar con la gente, pero él tampoco me entendió. A todo eso escucho el pitido del tranvía. El hijo de puta me había parado en medio de la vía y vi las luces del tranvía a 10 metros y tuve que apartarme rápidamente para que no me atropellara.

Y es que es difícil tener un día en Turquía en el que no estén a punto de atropellarte.

Es difícil sobrevivir en Turquía.

Turquía es como un eterno Kebap

octubre 1, 2009 - 4 comentarios

Los aeropuertos me encantan. Me gusta ver las caras de la gente que va y viene sin cesar. Todas tienen algo distinto y todas se parecen. En aeropuertos como el de Londres siempre se pueden ver personas de todo el mundo. La mayoría son raros, pero lo mismo deben pensar ellos de mí, si es que piensan.

Entre todo el algarabío de gente de vez en cuando pasa toda la tripulación de un avión en manada. Normalmente la manada siempre la encabeza el piloto y detrás le siguen las azafatas, que más que asistentes de vuelo parecen sus putillas a sueldo.

A las 6 de la mañana tenía que embarcar rumbo a Estambul. En la puerta de embarque uno se va haciendo la idea de cómo serán las personas que se encontrará en el país. A primera vista no son muy diferentes de los occidentales latinos, salvo por el hecho de que algunas mujeres llevaban velo y daban mucho el cante. Además los velos tenían colores chillones verdaderamente horribles. Creo que deberían prohibir los velos, pero  no por lo que representan ni por el atentado contra los derechos fundamentales del ser humano, sino por antiestético y por hortera, y es que esos estampados de flores no tienen perdón de dios.

Tras observar detenidamente a todos los turcos que hacían cola y mientras escuchaba lo que decían con su idioma inteligible trataba de averiguar qué era ese toque que los hacía diferentes. En realidad son como los españoles, pero más agitanados. Tienen caras similares pero con rasgos egipcios (por llamarlo de algún modo). Las mujeres tienen ojos grandes y napias kilométricas y los peinados que llevan les hacen parecer polluelos cacareando en un corral.

En el avión se pusieron a dar las instrucciones en turco y saqué una conclusión: el turco es un idioma que suena igual que los mensajes ocultos invertidos. Haced la prueba: grabaos diciendo cualquier cosa, luego invertid la voz y estaréis hablando algo similar al turco.

El vuelo duró tres horas. Viajé con otros españoles que vienen conmigo a la misma universidad. En total seremos en Eskisehir unos 15 o 16 españoles, si es que no encontramos a más por el camino. Al aterrizar y atravesar la puerta de la aduana (yo ya tenía un visado de estudiante que me costó 58 euros y no tuve que pagar más) se nos abalanzaron varios hombres ofreciéndonos llevarnos en minibús a dónde teníamos que ir. Queríamos coger un tren hacia Eskisehir desde la estación de tren. Y yo no me fiaba de ellos. Tenía la sensación de que nos querían estafar. Tras preguntar a información y a todas partes sobre cómo ir a la estación de tren decidimos coger uno de esos minibuses. Nos cobraron unos 8 euros por llevarnos a la estación de tren.

Lo peor fue que subimos en unas furgonetas enormes, nos pusieron música turca y nos llevaron por la carretera en dirección a no se sabe dónde, los que conducían se paraban a preguntar a la gente por dónde se iba a la estación, lo cual nos generaba más desconfianza acerca de la profesionalidad de los que nos estaban llevando. Uno de los que viajaba conmigo, Francesc, comenzó a decir que nos iban a quitar los órganos, pero que no nos preocupásemos porque se podía vivir perfectamente sin un riñón.

Tuve el primer contacto con lo que es el sistema de circulación viaria en Turquía,  pero ya hablaré de esto más adelante pues da para escribir una tesis doctoral al respecto. Tan sólo decir que el tráfico en Turquía es lo más caótico que he visto en mi vida.

Miraba por la ventana y todas las calles estaban llenas de tiendas. Los letreros tenían una tipografía horrible. Pero en cuanto llegamos a la estación decidimos entrar en un bar y tomarnos nuestro primer té, llamado çair. También probé el café, que es más bien arenoso y no vale nada. Y lo mejor de todo vino cuando compramos nuestro primer dorum y nos cobraron 2 liras turcas, lo que equivale a un euro. Y eso es lo que más me ponía cachondo de todo.

Pese al caos y pese al desastre, y pese a que la primera impresión de Turquía era como estar en un auténtico Kebap del tamaño de una ciudad… había un encanto que tampoco lograba entender de dónde procedía… o quizás sí.

Hola (puto) mundo

septiembre 15, 2009 - 2 comentarios

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– ¿A Turquía te vas? ¿Tú estás loco?

Era la pregunta más repetida cuando comentaba que me iba de Erasmus a Turquía, junto con comentarios del tipo: “Allí está lleno de moros”, “Ten cuidado”, “Allí ponen muchas bombas”, “las cárceles de allí tiene muy mala fama”, “¿No podrías haberte ido a otro sitio?”.

No sé por qué elegí ese destino. La gente que ha ido dice que es un lugar maravilloso, los que nunca han ido suelen decir que es un lugar peligroso. Al parecer todo lo que suene a “moro” es peligroso. Quizá tenga que ver al hecho de que en los medios de comunicación la palabra “islamista” siempre ha ido acompañada de la palabra “terrorismo”, a partir de ahí la asociación de ideas es fácil entre los hombres-masa: los musulmanes siempre van con un cinturón de explosivos debajo de la túnica para autoinmolarse y alcanzar el paraíso de las vírgenes.

A mí ciertamente me da igual todo eso. Por algún hecho aislado no voy a dejar de viajar a un sitio, sería como dejar de venir a España porque a algún descerebrado etarra le da por poner una bomba de vez en cuando.

He tratado de informarme lo máximo posible sobre el lugar antes de ir. He preguntado a gente que ya ha estado allí viviendo y todos hablan maravillas. Todos me dan buenos consejos. Otros me han dicho cosas como que los turcos son unos pesados. También se rumorea que las turcas ni se duchan ni se depilan. O que Estambul es una ciudad sucia porque no hay papeleras y la gente tira la basura al suelo, alguien me dijo que quitaron las papeleras porque una vez pusieron una bomba dentro de una. No sé cuánto habrá de verdad y mentira en todo eso. Pero lo comprobaré por mí mismo.

Me tomo esta experiencia como un aprendizaje vital más que académico. Quiero mejorar el inglés (en la universidad darán la mayoría de clases en inglés), quiero conocer una nueva cultura y quiero saber algo más de cine y televisión, aunque no sé si serán los más indicados para instruirme sobre eso, pero bueno…  no quiero subestimar a nadie.

Lo primero que haré cuando llegue mañana será intentar localizar a las turcas en la universidad que llevan peluca. Al parecer, como no dejan llevar velo en las universidades optan por comprarse una peluca. No estoy muy de acuerdo con el tema, está muy bien el laicismo en las aulas, pero un velo no deja de ser una prenda de vestir personal y nunca entendí las polémicas en torno al velo. Creo que es igual de respetable una persona que lleve un velo o que quiera llevar un florero en la cabeza. Otra cosa es la intervención de las feminazis que consideran eso un abuso a las libertades de las mujeres. El problema es que ellas lo hacen gustosas, ellas quieren llevar el velo para que el pelo solo se lo vea su marido. Se han educado así y quieren hacerlo así, no veo dónde está el problema. Cada cual tiene su cultura y sus tradiciones. Dicen que los esquimales ofrecen sus mujeres a sus huéspedes como si les ofrecieran tomar un café. Me imagino la situación: “Hola, ¿Qué tal? ¿Quieres un café? ¿Quieres tomar algo? ¿Te apetece follarte a mi mujer?”.

Iré allí junto con 9 compañeros de la universidad. Voy a vivir con un argentino y dos turcos. Y los que estuvieron el año pasado nos adviertieron de algo que está preocupando a todo el mundo: En Turquía es imposible conseguir condones. Por lo que todos están agitándose. Algunos me han dicho que se van a ir a la farmacia a comprarse tres cajas de 24 en un ejercicio de autestima y optimismo inconmensurable.
Esperemos que todo salga bien. Mañana partimos a Londres desde Valencia. Allí pasaremos toda la noche hasta las 6 de la mañana que saldremos a Estambul. Volamos con EasyJet y tan sólo cuesta 100 euros el viaje.

Ya os contaré más cuando llegue al quinto coño.